sábado, 3 de agosto de 2019

TRANCE EN EL INSTINTO.


TRANCE EN EL INSTINTO.

Quedaba tiempo para ensordecerse con tanto barullo, después de haber pasado por ese plácido parque. La música nos dejaba en esa estática sensación hipnótica que invita a disfrutar de la composición, ya que soñar es escuchar con el alma la música que acontece.
Cada vez que paseaba con Irene, la nostálgica mirada que recordaba, me hacía ver que cuando recordaba su sonrisa me hacía reír. En esos largos paseos daba mucho que imaginar. Paseábamos por el muelle, luego por la plaza de España, subíamos la avenida y bajábamos por la alameda. Esa tarde todo estaba en su sitio hasta que llegó la desolada Rosa. Tenía que hacer lo posible por solucionar su situación transcendental. Ya habíamos salido del bullicio y empezó a contarnos sobre unas reuniones en las que utilizaban los elementos para hacer posible la emancipación del alma. En el último juego de la lluvia de ideas aparecieron unos puntos de vista muy sorprendentes. “Una idea puede ser que utilicemos los símbolos mentales según lo acordado y usemos el poder colectivo para hacer posible que esos símbolos queden patente con su significado.” Eso fue lo peor. Decir que en las reuniones se ponían a arreglar el mundo y hacer personas mejores. Siguió contando y dijo que al principio si hacían personas mejores. Debido  a algunos fracasos por parte de terceros en su vida diaria, llevó a las reuniones ha hacer daño sin querer, pues la ira, la rabia y el odio son despiadados con los sentimientos, y entonces entendí que el instinto de supervivencia me llevaba a actuar rápido en situaciones de estrés y si es promovido por el mal, hace mucho daño. Siguió contando y nos dejó con la boca abierta, eran capaces de ritualizar actos puros y en una justa medida. Cuando se hicieron con los sueños fueron comprados por dos empresarios los cuales mantenían su poder geoestacional con sus acaparadas mañanas repletas de las mejores sensaciones, pues todo lo que hacían era dar paz, hasta que descubrieron crear y destruir energías y posarse en los sueños del tiempo para marcar su ruta. Así consiguieron muchos milagros, con la proyección del símbolo que enmascaraba un mensaje subliminar.
Estábamos perplejos ante semejante conflicto existencial así que nos paramos a pensar los tres en como podíamos solucionar todo este embrollo. Decidimos recurrir a un cura, al Padre  Antonio y este seguro que buscará una explicación.
Fuimos al día siguiente por la mañana a la parroquia de La Luz y allí estaba el padre Antonio. Estaba encendiendo las luces del altar. Estábamos los cuatro, Irene, Rosa, el padre Antonio y yo.
- Padre. ¿Qué se puede hacer con sujetos paranormales? – Dije después de saludarle. – Es que Rosa nos ha contado cosas que mejor pararse a pensar antes de ver que se puede hacer.
- Hijo. El problema es muy delicado.
- Padre, – Dijo Rosa. – la última vez estaban ensuciando la mente de unos muchachos en vez de darles silencio.
- ¿Cuántos dices que son? – Preguntó el padre Antonio.
- Éramos trece. Ahora solo quedan siete. Están reclutando más adeptos.
- Vamos. Hoy no hay misa. Vamos al monasterio.
Nos dirigimos los cuatro hacia el monasterio de la Misericordia, en donde habían monjes que trabajaban la tierra, cuidaban el ganado, elaboraban artesanía y quesos, cuidados por unas monjas que hacían de enfermeras, administradoras, cocineras y vendedoras. Cuando entramos por la puerta todo se puso con una sensación fresca, envuelta en el misterio de los santos. Llegamos a una celda, el padre Antonio toco y con las mismas entramos, y allí estaba el hermano Andrés, con sus hábitos arremangados y su cara redonda, con una barba muy grande y cuidada, con unos ojos grandes castaños y unos cachetes sonrojados. Estaba, debido al calor, con las mangas muy arriba y los hábitos por encima de la rodilla rodeado de libros.
- ¿Y esta agradable visita? – Dijo mientras se bajaba el vuelto de las mangas.
El primero en hablar fue el padre Antonio. Después de ponerle al corriente de todo lo que había comentado Rosa por el camino, se apresuró a pedirle a Rosa a que llamara a esos amigos que ya no deseaban participar en las reuniones de los demonios de la Nueva Era. En una hora todos estarían allí. Mientras esperábamos hicimos una especia de mentalización dirigida por el hermano Andrés en el que todos con las manos unidas pediríamos desde los más profundo, que se manifieste el amor divino del poder de Cristo Jesús. Luego nos mantuvimos en silencio hasta que empezaron a aparecer. Estábamos en un claustro y cabrían como unas ciento cincuenta personas y el hermano Andrés, después de hablar con dos monjes nos fue sentando en unas sillas pegadas a la pared. Ya habían llegado cuatro de los muchachos, y estaban viniendo monjes, habrían como unos treinta.
Al cabo de un rato ya estábamos todos. En el centro de la sala estábamos el padre Antonio, el hermano Andrés, Rosa y yo. Todos los demás habían cogido las sillas colocándolas en un coro. Algunos estaba de pie.
- Tenemos que eliminar unos demonios. Invaden los sueños de mente de los débiles y los impregnan con un símbolo muy obscuro. – Dijo el hermanop Andrés
- Si arden en el infierno estaremos libres. – Habló uno de los monjes.
- Si. Lo único es que es metafórico. No podemos hacerlos arder. -Se entusiasmo el padre Antonio.
- O quizás si. – Y dando un respingo poniéndose en pie habló. – Me llamo Yohana y debido a mi alineación constelar en la fecha de mi nacimiento, tengo el poder del fuego con ascendente fuego. He encendido velas concentrándome. – En una de las mesas había un candelabro con velas apagadas. Las miró y una a una fueron encendidas las cinco que portaban. Tras el asombro todos se quedaron perplejos con algún gesto de sorpresa. – Puedo quemar el exceso de éter y manipular los vacíos del océano de la ilusión.
- Bueno. ¿Alguien sabe hacer algo más aparte de Yohana? – Dijo el padre Antonio.
- Yo puedo quitar los recuerdos negativos, dando paz en la existencia de la dicha de ese gozo que es el amor. – Este era Braulio. Nunca se había visto corazón tan grande.
- Si muchacho. Nosotros lo hacemos todos los días. – Este monje tenía una postura en la silla un poco peculiar, pues tenia puestas las manos en las rodillas con los codos flexionados y el cuerpo un poco para adelante. – Además, pedimos a los santos que así sea.
- Solo el amor y el poder de Cristo…
- Se olvida que está Budha, Mahavira, conjunto con Jesús hacen el tapa de la realización Si tu deseo pasa a través de los tres filtros, será bien venido. Los tres hacen el don del tiempo. Nos llevan por lugares, conocer a Krisna, a Shiva, a Visnū, a enredarnos en la compasión, en la paciencia, en el amor divino y en la consciencia universal que lo mueve todo. Pero luego queda la maestría que cada uno crea y aprende y según  esté iluminado, llevará la luz hasta los confines del universo con el significado propio que necesite de una razón para ser justa. – Este comentario les puso los pelos de punta a más de uno y encrespó la consciencia de los que estaban preparados para la gran batalla final. Fue hecho por otro de los muchachos, Tomás.
- Yo puedo hacer que entremos en un trance para conectar, poseer y neutralizar a esos diez energúmenos. Tengo una planta traída del Amazonas que nos hará tener una consciencia colectiva a la vez que es reforzada por el éter universal nos elevará hasta el poder supremo. – Este comentario levantó cuchicheos. Ninguno se levantó. Erika prosiguió. – Traedme un kilo de harina de maíz, medio litro de leche fresca y algún fruto deshidratado, ciruelas o uvas.
Dos monjes se levantaron y mientras decían “A la cocina” esperaron porque recibieron instrucciones de triturar los frutos deshidratados en un almirez con esta planta. Calentar el medio litro de leche y dejar hervir hasta que se reduzca a la mitad de leche, luego mezclar con la harina de maíz hasta hacer una masa, que se dejará reposar durante una hora. Luego se hará una torta grande y se calentará en una plancha hasta que esté un poco tostado.
Nos quedamos esperando y por lo menos tardarán dos horas. Se me ocurrió de plantear el debate sobre el bien y el mal y sobre por qué debíamos de actuar en situaciones así. El saber que íbamos a entrar en un trance en un viaje guiado hacia algún lugar inexplorado para algunos y una batalla hasta el final para otros.
La acalorada conversación acabó con un portazo y la torta de maíz sobre la mesa. Las velas aun seguían encendidas. Todos nos miramos cómplices y seguimos las instrucciones. Habían mandado a traer cojines y mantas, uno para cada uno, nos sentaríamos en el suelo, en un gran circulo y únicamente el mentor en el centro. Fuimos cogiendo un tozo de torta y yéndonos a nuestro sitio después de pasar y recoger un poco de agua. Dicen que la habían vibrado. Para mi que le habían echado algo.
Una vez todos situados alrededor de Yohana, con un pequeño vaso en una mano y un trozo de masa asada en la otra nos pusimos alerta y dimos con la esencia de la vida.
- Ahora chicos, tomad a la de tres el trozo de torta y luego el agua. Luego quitaos los zapatos y siéntense con la espalda erguida y las palmas hacia arriba.
Contó hasta tres y hicimos caso. Cuarenta y tres personas tomando el mismo soma que nos proporcionará el éxtasis sagrado. Al rato se oyó pedir silencio. Que pusieran la atención en la manos y en lo alto de las cabezas. Luego dijo “ Ohm”, muy largo y vibrante. Luego pidió que lo repitiéramos.
- Seguid con la atención puesta en lo alto de la cabeza, tenéis las manos conectadas a todo el espacio tiempo del universo en toda su expansión. Ahora formáis un triangulo y miráis a la atención. – El cuerpo empezó a darme pequeños impulsos en todo el sistema nervioso pero el corazón se expandía abriendo la oración como medio. Primero lo sentí latir suave, ligero y poderoso en todo el claustro, luego en todo el templo, luego en toda la ciudad, región, país, continente, continentes, luego en todo el planeta y después todo el sistema solar. En ese estado me quedé, contemplándolo todo y observando la inercia de la vida. – Ahora Madre Tierra dinos por donde ir y por donde actuar para que nuestro sentido disciplinado ponga orden en donde queremos.
Todos nos pusimos la mano derecha en el corazón como pidió la muchacha del centro y visualizamos con vigor a los casualmente reunidos en un barrio no muy lejano. Eran nueve y enseguida empezaron a poseer sus pensamientos mientras eran juzgados por descargas eléctricas según la maldad y el daño en la conciencia. Esas descargas fueron seguidas y repercutían en piedras de carbono que eclosionaban haciendo un daño físico. Los monjes aprendieron a ver la simplicidad de los movimientos pero sabían que sin la droga es posible que sea menos efectivo.
Se oyó una voz dentro del centro en donde estaban los malos: “Sean sentenciados”. Los dos nuevos se levantaron y huyeron mientras los otros eran cosidos a descargas. Los siete acabaron mal. Dolores por todo el cuerpo, malestar, taquicardias, punzadas en el cerebro mientras se retorcían en el suelo. Fueron sentenciados a arder en infierno. Después de eso solo se encontró cenizas en el lugar de esos siete.
Al terminar es viaje en el que regresábamos poco a poco, con la mano en el corazón y sintiendo el poder de la reunión vimos que todo había cambiado. Sentía oír a unos niños llorando pero una madre les consolaba y los hacia callar. Luego se oían risas tímidas y al fin silencio. Un silencio acogedor que me hizo comprender el instinto de la reproducción.