jueves, 10 de octubre de 2019

ULBERTO Y SU LIBRO.

Un médico, en pleno siglo doce, cuando aún los cátaros sobrevivían a la esquilme de la etnia cultural de los hombres buenos, había encontrado un libro entre los artículos de una subasta. Era un libro hindú y parecía mágico. Cuando lo abrió no entendía el idioma y lo llevó a un monasterio de Álava después de tres días a caballo. Pasó mucho apuro para llegar de incognito desde Zaragoza y pagó unos regis para cuidar su caballo, tener uno de repuesto y en dos días volver, para ir de regreso a Zaragoza. Cuando entregó el libro pagó por una transcripción fiable un maradeví de oro. A los tres meses pudo mirar y leer todo el libro en la iglesia de la Alameda de Álava. Hablaba de los Vedas y de los Gunas, de dioses, diosas y seres de otros mundos. Se leyó las casi trescientas páginas del libro en dos horas y era un tomo lo suficientemente fornido para llevar de viaje. No tenía dibujos pues no había tiempo para hacerlos pero los del original estaban descritos en una página del manuscrito. Lo que no sabía es que hicieron tres copias más, y con dibujos.
En su pueblo empezó la magia. Empezaron a soñar con muchas cosas y de buen rollo. Se quedaron las culpas fuera, las envidias lejos, los celos desvanecidos, la rabia a un lado y los miedos desaparecieron. Había fraternidad y era un pueblo grande. La Fuente del Ebro tiene buena agua y buenos habitantes. Cerca de Zaragoza era un pueblo de transito y había mucho maleante por aquella época. En mas de una ocasión tubo que atender heridas arma blanca. En aquel siglo se utilizaban todo tipo de espadas y más si viajabas o eras militar. Por esos lares, después de que Ulberto regresara de la universidad de Salamanca, pagada la carrera de medicina para el fin de servir, y prestar apoyo simple y honesto a sus condiscípulos. De regreso a la ciudad de Zaragoza para seguir con sus planes, en el cuarto que tenía escondido en La Fuente del Ebro guardaba el libro y la transcripción.
Estaba en su consulta cuando apareció Juan diciendo que a su mujer se le adelanto el parto. Llevaba embarazada cinco meses y sangraba. Cogió su maletín, el caballo ensillado partió y se personó el médico Ulberto en la casa antes de que llegara el muchacho y recibió a una anciana y a una mujer en el suelo con cojines. Se anticipó y vio que estaba taponado el orificio vaginal. Otra cosa no podía hacer. Después de pedir sal y esparcirla por el vientre, puso las manos e invocó a la virgen divina. Una luz inundó su vientre, haciéndolo una bombilla roja por unos segundos. La señora mayor le preguntó:
- Esta es una manera poco aconsejable de curar. ¿Está seguro de lo que hace?
- Tranquila señora. Si usted me ayuda verá a su nieto. Tráigame agua caliente y paños nuevos. Ahora que ha perdido el conocimiento queda entre los dos. Era una pequeña hemorragia que ya se subsanó. No ha de preocuparse.
Así un montón de casos. Todos en silencio, gracias a la divina virgen madre, poseedora del conocimiento universal, de la paz absoluta, del amor verdadero y de la existencia plena, dando poder del cielo y la Tierra a los seres que hablan en su nombre. Ulberto, gracias al libro misterioso, en cuestión de recitar sus frases y promover sus invocaciones divinas hacia magia y pequeños milagros. Así estuvo unos meses, haciendo de curandero misterioso hasta que se le escapó de las manos.
Las transcripciones de los libros y una copia igual fueron a parar a los fueros del Vaticano donde se estudiaron, y tras recibir buenas noticias del clero de Zaragoza se pone en marcha una captura del señor Ulberto por hereje. Un amigo del monasterio de Álava, un monje que creía en los milagros, le mandó una carta debido a la división de Cardenales por no asistir en el cielo los dones de un santo en nombre de la Divina Madre, y le avisó de reunir todo lo que pueda e irse lejos. Cogió todo lo que tenia y se marchó. Pidió a sus amigos algo y con su caballo pasó por en cuarto en La Fuente del Ebro. Allí lo estaban esperando y no se dio cuenta pero con una palmada todos se quedaron estáticos, unos desmallados. Eran seis y había visto unos caballos sin darle importancia pero su instinto le armó para desvanecer miedos y forjar su seguridad ante cualquier peligro y afrontar la batalla del amor que nos lleva lejos. Cada vez que se iba más lejos el poder crecía, dominaba tormentas, lanzaba agua a lo lejos, movía montañas, y sus fuerzas se vieron culminadas en Ankara donde residió en la casa de otro médico. Vivió muchos años.
Los sabios del Vaticano aprendieron de ello, hicieron posible encaramar el amor de Dios en las alturas sin necesidad de esperar esfuerzo y gozar de la buena ventura de la vida que nos regala un poco más de salud cuando las bendiciones son mil.