Había una vez un muchacho listo, inteligente, sabio,
inocente y sensible, que tenía dos hermanos menores, que uno era grosero,
burdo, agresivo y déspota mientras que otro era manipulador, insensible, deshonesto
y muy viciosos. Esto era en la adolescencia, cuando descubrieron el mundo de
las drogas los dos menores, mientras que el mayor estudiaba y procuraba cuidar
a su novia.
Por las
noches, mientras dormían los tres en una habitación, uno de ellos, el manipulador,
se metía en su mente y manipulaba su memoria, haciendo que por las noches no
soñara con los estudios sino con la perrita que tenían, pues le dejaba el sesgo
de imaginar que estaba bañándola o algún otro recuerdo que le hacía memoria, desconectandolo de su mundo real y haciendo que imagine cosas que no quería. El grosero se
masturbaba pensando en su novia amenazando con hacer algún daño colateral si no
le dejaba, pues sus amigos también están interesados en ella y él no querrá que
todos se pongan a molestarla.
Bajo las
notas de clase, la novia lo dejó y ellos se reían de él mientras fumaban hachís,
y todo porque su padre neurótico decía que él muchacho sensible no era hijo de
él porque era rubio. Su abuela era castaña, la madre también y él nació con un
tono un poco más rubio, pero con las mismas facciones del padre. El padre lo
permitía y desde siempre le había hecho la puñeta pero ahora que fumaban hachís
y conocían lo poderes de las alucinadas, compendiaban muy mal su día a día,
haciendo que incluso llegase a pensar en el suicidio.
Una tarde
paseaba para desahogarse, ya que él no fumaba y prefería salir de la casa. Al llegar
a un parque encontró a una gente meditando en el césped. Se quedó mirándolos y
cuando empezaron a levantarse lo observaron. Una mujer del grupo se le acercó y
le preguntó por qué estaba tan preocupado y angustiado. Le contó lo que le ocurría
y ella se compadeció de él. Le sugirió que fuese a las clases de yoga y
aprendiera a realizar su ser. Cuando decidió ir a la reunión de la tarde del
día siguiente, esperó a que fuese la hora, se dirigió al local y entró. Descubrió
que allí solo se meditaba en la introspección de la realización del espíritu.
Al cabo de
varias semanas trabajando en las meditaciones, los hermanos empezaron a indagar.
El ya controlaba sus sueños en pocas semanas de practica y no tenía miedo a las
amenazas de los dos hermanos.
El siguiente
paso lo dio una de las señoras del grupo de meditación, haciendo que el padre y
el hijo se sometieran a una prueba de ADN que pagó ella. El padre acepto ya que
su hijo insistió un montón. La hicieron y dio positivo. El siguiente paso lo dio
el padre pidiéndole disculpas y haciendo que su hijo durmiera en la habitación
de los juguetes, habilitada solo para él ya que quería estudiar y no fumaba. Los
hermanos no sabían que hacer y siguieron haciéndole daño a pesar de las
explicaciones del padre, e intentaron intimidarle una vez los dos dentro de la
nueva habitación, pero el con su poder espiritual los amedrentó, vibrando de
positividad y diciendo a los dos que mejor hacer las cosas por las buenas. No le
hicieron caso y empezaron los psiquismos.
Ellos eran
dos, pero ahora tenía de aliado al padre, ya que la madre no decía nada, pues
era tan sumisa que miraba por todos por igual. El padre pasaba la mayor parte
del tiempo fuera, pero le brindaba apoyo cada vez que llegaba preguntando y
viendo como iba la cosa. Un día le contó que los hermanos le habían drogado, le
habían puesto LSD en un café, y lo sabía porque se preguntó que había ocurrido
y ellos mismos contestaron mentalmente, como si sus ideas fueran oídas por terceros.
Además, el empezó a alucinar y a ver doble. Ellos le habían puesto esa droga
para manipularlo mucho más y así fue, pues le programaron un montón de cosas
mientras intentaba meditar, cambiándole la forma, buscando la distorsión y
diciendo mentiras y patrañas a cada pensamiento que intentaba pasar por su
cabeza alucinada. Se lo contó a una de sus amigas antes de la reunión y le dijeron
que no pasaba nada. Se sentaron alrededor de el y cantaron mantras. Todo el
tiempo lo pasaron reeducando su conciencia. Ese poder de oír los pensamientos
no era normal, pero esa educación espiritual, al compartir los mismos sueños,
hace que la mente se acostumbre a observar con el espíritu, con el corazón y no
con la mente.
Los hermanos
fueron un paso más adelante. Le inyectaron heroína en la vena mientras dormía y
eso sentó muy mal al muchacho pues esta vez los hermanos le enfocaron a la
memoria, y se buscaron la manera de interceder, abrumando y machacando su
consciencia. Le habían dicho que no hiciese caso de lo que decían, de lo que
hacían en contra de él, pero se habían acostumbrado a maltratarlo y ahora no
iban a parar. Lo destrozaron mentalmente, casi con sobredosis y un montón de
negatividades. Ese día no se levantó, le dolía un montón la cabeza por los
traumas de erecciones mientras de masturbaban de la proyección de esos falos en
su cerebro.
Al cabo de
unos días le dolía un montón la cabeza y no sabia bien que había ocurrido el
día anterior. Bajo el rendimiento en los estudios y dejó de ir a meditar porque
ya no le apetecía. Le habían quitado las ganas de todo.
Los amigos
de yoga fueron a la casa y nada más entrar los dos hermanos les insultaron, le
gritaron que qué hacían visitando a ese energúmeno, empezaron a marearse y se cayeron
al suelo redondos. El hermano mayor se quedó sorprendido. La madre grito y ellos
le dijeron que no se asustase. Eran tres, dos hombres y una mujer. La mujer era
la amiga que se compadeció de él el primer día que se vieron. Los llevaron a la
cama y los tumbaron y ellos, a través del amor, del gozo, de la dicha, de la
existencia y la paz, los manipularon para bien, tanto bien que estuvieron durmiendo
dos días. Al tercero por la mañana despertaron y vieron que habían cambiado,
ahora los dos eran más tranquilos, humildes, amables y sensatos. La madre no se
lo creía y el hermano estaba contento. Ellos preguntaron que había pasado y les
dijeron que se habían venido fumados y bebidos la noche anterior y se habían
puesto a dormir.
Pasaron los
días y se notaba el cambio, pero los hermanos se encontraban raros, no sabían
bien por qué pero lo notaban y fueron a un curandero. El curandero les dijo que
les habían hipnotizados, se notaba una energía en su mente y en su corazón que
no eran normales. Los deshipnotizó.
Más cautelosos,
empezaron a fingir hasta que un día reventaron. Le pegaron una paliza al hermano
que sangró por la nariz y las orejas, los ojos morados y un montón de golpes en
el cuerpo.
Ya contaba
con diecisiete años, los hermanos con quince y catorce, y decidió irse de casa.
Iría a la India, a una comunidad en el que preparan a personas para la
meditación y los padres estuvieron de acuerdo. Le quedaba cuatro meses para ser
mayor de edad, pero después de lo visto los padres aceptaron y le permitieron
viajar siendo menor. Los gastos correrían a cuenta de su trabajo en la comunidad
y algo que esta mujer amiga de él le cedería a cambio de que estudie y sea un
hombre de provecho.
Al cabo de nueve
años, el muchacho volvió estudiado, con dos carreras, una en psicología clínica
y otra en medicina general. La madre al verlo se sintió orgullosa de haber
hecho su primer hijo con tanto amor, el padre se sintió conmovido por tanta
gratitud que desprendía su hijo y los tres comieron ese medio día de sábado en
un restaurante cercano. Se instaló en la casa y consiguió trabajo a las pocas
semanas, se preparó una oposición y así paso la vida, trabajando para ayudar a
los demás.
Los
hermanos acabaron mal, uno en la cárcel y otro falleció en accidente de tráfico.