martes, 21 de mayo de 2019

LA CHISPA DEL TIEMPO


            Dreven de Sauces era un muchacho de treinta y dos años. Muy estudiado en matemáticas y literatura, destacando en las ciencias sociales y con méritos en su ámbito diario. Quería dar clases de ética en un instituto de la ciudad de Vigo, en el año 1748. Un día estaba bastante eufórico, parecía que ese próximo año académico daría clases, pero llegó la noche y mientras subía las escaleras una sombra le intento hacer perder el equilibrio y subió a toda prisa, se puso las botas y bajó. La sombra estaba de pie en medio del salón. Era una especie de espectro, muy definido en tonos grises y blancos, con pequeños destellos de luz en los movimientos. Se sentó en el sillón preferido esa sombra de señor estirado con camisa y chaqueta de cuello mao muy gris y pantalón holgado muy liso. Dreven se quedó confundido. No hacia falta luz, se veían perfectamente, la Luna irradiaba en su noche el inicio de una velada encantadora para despertar animales y darles vida en una noche larga para el muchacho.
La sombra se levantó y lo invitó a salir. Le iba indicando por donde ir y fueron hasta un camino estrecho, lleno de vegetación. La sombra parecía ir encantada por las veredas hasta que se pararon en una cerca de unos metros de alto. Dreven la empujó y entraron y caminaron por una carretera hasta llegar a una casa de madera, le daba la luz de la Luna y había hierba alta antes de entrar por una enorme puerta maciza de dos hojas al interior de una pequeña sala con chimenea. Estaba encendida con unos pequeños leños recién puestos. No hacia frio, pero decía que iba a llover.
La sombra desapareció sin antes decirle con gestos que se quitara las botas y fuera por allí, por la puerta de la izquierda, para adentrarse en el deseo más profundo para él y su existencia. Entró y para su sorpresa vio una burbuja estática, muy brillante, pero sin quemar a la vista, daba destellos en azul, rojo, amarillo y varias mezclas de colores. Cuando entró la habitación empezó a iluminarse, a desaparecer el mobiliario, sumergiéndose en una luz profunda en todo su ser, hasta hacerlo desaparecer en un sueño.
Estamos en el año 2019 y Pablo pasea por la ciudad de Vigo. Le encanta hacer senderos desde que llegó a la ciudad a trabajar como profesor de secundaria en la rama de filosofía, intervención socio-comunitaria y orientación educativa. Son tiempos modernos y cada cual lo llama como mejor le parezca, profe, maestro, señor, pero a él le gustaba que le llamasen por su nombre, Pablo.
Paseaba por unos senderos hasta que vio una verja de unos metros semi abierta y entró. Caminó unos cincuenta metros, hasta ver una casa al fondo de esa calzada, una calzada con lozas de piedra que fue pisando mientras se acercaba. La puerta que tenía enfrente de el era de madera maciza y tenía dos hojas cuadradas que encajaban muy bien, pues lo notó al abrir la que parecía estar entreabierta. Cuando entró no había luz. Al entrar vio leña y un candelabro y con una caja de fósforos que tenía encendió la vela que portaba ese trozo de bronce. Se acercó a la primera habitación de la derecha y al entrar encontró una cama, con bastante polvo y un montón de cojines encima, con un comodín en la esquina y unos espejos, un armario en la otra esquina que cogía casi toda la parte hasta llegar a la ventana que daba una tenue luz al interior. Cerró la puerta y miró la otra puerta que hacía esquina, al entrar vio una amplia cocina con leños preparados para encender y un montón de calderos y una mesa grande con taburetes. Al lado de la puerta había un pequeño pasillo que llevaba a una escalera. Decidió subir y ver que había arriba. Cuando subió la madera casi no hizo ni ruido y entro, después de girar a la derecha en un pasillo con tres puertas. En una había una habitación, en otra una biblioteca y en la tercera notó que no podía abrirla. Lo intento y no pudo y no quiso ponerse a abrirla a golpes así que fue por la casa buscando llaves. Bajó las escaleras y entró en la habitación de la izquierda. Al entrar vio una chispa encendida. Se acercó, la observó, y tímidamente le puso el dedo encima. La chispa reaccionó entrando en una esfera de luz cada vez más grande. En la habitación no había nada solo esa esfera flotando y el muchacho perplejo. A los pocos segundos la espera desaparece y deja a un ser de otra época, aparece Dreven de Sauces.
Los dos muchachos se mirar perplejos.
            - ¿Quién eres? ¿De donde has salido? – Preguntó Pablo un poco indignado con el acento gallego que les caracteriza.
            - Soy Dreven de Sauces – Dijo un poco asustado en un acento muy antiguo.
            Al cabo de un rato seguían hablando y comentándose cosas de la época y del año en el que estaban, de lo que hacían antes y ahora y de que le quedaba mucho por ver y si quería ser profesor debería de estudiar.
            A los tres días de haberse instalado Dreven en casa de Pablo, durmiendo en el sofá, aparece Pablo con unos papeles en el que certifican la desaparición de Dreven de Sauces el 22 de mayo del año 1748 y Pablo será el único que puede certificar la existencia de una luz en forma de esfera que trajo de nuevo a Dreven a la vida, después de haber desaparecido.
            Pablo no quiso dar parte a la policía, pero tenían que contárselo a alguien. Contactaron con unos hacedores de pasaporte y le consiguieron una documentación falsa a Dreven. Era polaco, de treinta y dos años y se llamaría Dreven de Sauces.
            A las pocas semanas estaba dando clases de matemáticas a muchachos de primarias en horas extraescolares, para apretar un poco en la asignatura. Dreven ganaba lo justo y entre los dos empezaron con estudios en la casa, de los libros que habían en la biblioteca y de como abrir la habitación cerrada. según aprendieron de los libros, esa puerta conectaba con el mismísimo infierno.
            A los pocos días de investigar por la casa todo empieza a moverse, a desaparecer en un haz de luz y quedarse en medio del prado con apenas cuatro libros, dos que estaban en la mochila de Dreven, uno en su mano y otro en la mano de Pablo. Vieron que en el suelo había otro libro y unos papeles saliendo de el.
            Caminaron hasta la casa debatiendo sobre el contenido de los papeles, de sus frases mágicas y manera de hacer hechizos. Entre ellos no sabían que hacer. Era un conjuro. Tenias que decir unas palabras mientras escribías otras y sumergías el papel en un vaso que aparecía nada más soltar el bolígrafo y doblar el papel, un papel vibrado durante días en una tabla, pero la tabla no estaba. Leyeron los libros y descubrieron que esa tabla se encontrará anclada en uno de los soportales de la calle de la catedral, siempre ahí, camuflada bajo un ventanal pegado al soportal.
            Los dos bajaron las calles hasta llegar al soportal y encontrar una tabla debajo de un ventanal con unas inscripciones a fuego, una especie de estrella de siete puntas rodeada de un octógono y un triangulo en el centro de la estrella.
            Una vez en la casa con la tabla, escribieron las palabras mágicas en el papel pasado los tres días y apareció un vaso con agua nada más escribirlo, dobló el papel y lo sumergió en el agua. Apareció una chispa como la que vio en aquella habitación. Los dos estaban alucinados. Según había leído, en varios minutos la esfera se hará grande y cuando esté preparada los engullirá y los dejará postrados en el tiempo durante los años que permanezcan en el encierro.
            Lo que no sabía es que jugarán un papel interesante cuando aparezcan dentro de doscientos y pocos años, en la misma zona del bosque, despertados por una persona que hará con ellos un futuro mejor para los que viven en esa época.
            Pasados unos segundos la esfera se movió y se plantó en medio de la habitación. Empezó a expandirse y hacerse grande, con una luz blanca que no quemaba a la vista y unos destellos azul y rojo, verde y amarillo, naranja y violáceos, con pequeños rayos de luz, como descargas eléctricas en su interior. Los dos se miraron, hicieron un gesto con la cabeza y cerraron los ojos. En unos momentos serán engullidos por la esfera.
            A Dreven se le ocurrió una idea. Se cogerían del brazo para ver si en el otro lado pueden vivir despiertos. Al momento estaban agarrados por un brazo cada uno, entrelazados por la flexura del codo. Al rato empezó la habitación a iluminarse, a desaparecer los muebles y a conectar con un espacio tiempo inimaginable, en una partícula de luz inteligente, que condensa la energía que quiere y precisa. Cuando todo hubo sido absorbido por la luz se quedó una chispa en el aire.
La casa de donde provino todo ese juego, apareció en su lugar, en aquel camino de piedras y con mucha vegetación. Con un ruido de golpes a una madera la chispa volvió a la habitación y los libros con los papeles y el conjuro desaparecieron de donde estaban para aparecer en donde la sabiduría que espontáneamente da gracias por la discriminación que ofrece la vida, en un lugar sagrado como lo es esa habitación que nunca abrieron, el lugar donde guarda la esencia de la naturaleza que le demos a nuestra sinceridad.




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