Llevaba escondido unas horas, cuando
ya me había alejado lo suficiente como para que no supiesen por donde
cabalgaba. Había tenido que huir. Mientras estaba absorto barriendo los caminos
que el sabio recomendó que limpiase, vi como se acercaban diez o doce jinetes,
asaltando la casa por detrás y cargando en fardos todo lo que le interesaba,
desde corderos, gallinas, conejos, todo. Fue muy rápido. Enseguida estaba
ardiendo el techo de la casa y mi mujer y mi hijo en las afueras de la casa,
arrastrados por los pelos hasta un carromato que llegó en lo que yo cogía un
caballo. Me situé en la loma de arriba, sopesando por donde pudieron venir y
mirando y observando sus movimientos, para saber por dónde pudieran ir o
dirigirse. Caminaron durante dos días hacia el este. Les seguí la huella. El
carromato pesaba mucho y dejaba prominentes surcos en los caminos enfangados
por la lluvia de anoche que duró dos horas y estuvo incesantes. Vi como se
adentraban en un bosque y pensé que allí se refugiarían. Me quedé en la entrada
del bosque y esperé unas horas. Cuando me adentré por la noche en ese bosque
con un hacha y un palo, esperaba oír algo mas, o por lo menos el jaleo del
festín y no vi fuegos ni antorchar, así que me subí al caballo y me adentré por el camino siguiendo las
huellas. Cruzaban todo el bosque hasta llegar a un valle, con un pequeño
riachuelo en su ladera y una gran montaña de fondo, por donde empieza la
cordillera de los Venerables. Me extraño que no se percatasen de mi llegada, o
si sabían que les estaba siguiendo, tampoco vi mercenarios por la linde del
bosque. Até el caballo entre unos árboles donde había pasto y me acerqué hasta
una loma situada por encima del poblado. Ya habían pasado tres horas desde que
amaneció y el revuelo del poblado empezaba a notarse. Comían cordero para
desayunar, cerdo para comer y gallinas o conejos para cenar. Estuve
observándolo durante muchos días, subsistiendo de setas y lombrices. Observé
donde tenían a mi hijo y a mi mujer. Dos jaulas situadas en uno de los lados de
la vera del rio eran donde tenían a los rehenes, en una a los niños y en otra a
las mujeres. No les interesaba guardar hombres ya que pudieran ser una molestia
en algún momento. De momento no violaron a ninguna mujer en las noches que
aguardé. Había puesto al caballo bastante alejado del camino y así me
aseguraría de que podría estar a salvo unos días, hasta ver como rescatar a los
niños y a las mujeres. En una noche en la que bebieron más de la cuenta y
fornicaron con las mujeres, vi la oportunidad de ir a por ellos. Los dos
soldados que custodiaban la puerta estaban sentados espalda con espalda
mientras dormitaban, así que cogí una lanza y los ensarté a los dos. Ya me
había visto mi hijo y alertó a los demás de que estuvieran en silencio. Mi
mujer estaba destrozada, como tanta otras y todas empezaron a salir una por una
sin hacer ruido por donde lo les dije, y luego mi hijo y los demás niños.
Salimos todos por el bosque corriendo, mientras me dirigía a recoger a mi
caballo. Corrimos durante unas horas. Teníamos tiempo hasta que amaneciese y se
dieran cuenta de sus pérdidas. De momento pasaran por lo menos cuatro horas.
Nos aventuramos hasta la salida del bosque sin parar de correr. Ellas se iban
tropezando mucho, descalzas y con los trajes rotos. El coraje que salía de sus
zancadas y el coraje que ponían cuando se levantaban al caer, era muy digno de
ver y los niños, al ver el coraje de sus madres, ponían mucho empeño en
sobresalir en la carrera, pues hasta dos lomas mas allá no podríamos parar.
Cuando se den cuenta de la huida de las mujeres y los niños, saldrán con sus
caballos y ellos galopan muy rápido. Se podría quedar en una hora las cuatro
que llevamos de ventaja. Yo había inspeccionado el terreno mientras andaba
detrás de ellos y lo mejor sería una vez llegar al río no cruzarlo, sino
dejarnos caer en ellos y ser arrastrados por la corriente rio abajo, hacia el
sur. Eran muchos kilómetros hasta llegar a alguna ciudad. Sopesé si era la
mejor idea. Podrían caer muchos en el intento, sabiendo que mi mujer y mi hijo
nada muy bien. No podía hacerlo, lo cruzaríamos y seguiríamos por el bosque
para el norte, hasta llegar a la cordillera de los Cerezos y ver si la guardia
del castillo del Conde Elnor nos protegería de estos barbaros. Tenemos que
llegar al rio, lo más al norte posible y recorrer todo el camino hasta llegar
al bosque que nos llevaría a través hasta las cordilleras al este para
encontrar refugio en los muros del Conde. Seguimos a trompicones desde que
escapamos del bosque, en el caballo viajaban tres mujeres que no podían mas y
sabían que no podrían llevar mas en la loma del caballo y no se podría perder
tiempo en discutir quien está peor. Todos tendríamos que salir de esta y hasta
la última gota de aliento. Una mujer se quedó rezagada, se tropezaba mucho y no
podía seguir, así que se tiró al suelo, pero mi hijo, que iba de escoba la
levantó y la animó. Era la vecina del otro condado. Había que llegar hasta la
última loma que llegaba al rio. Corrimos como pudimos. Cuando llegamos a la
cima de la loma, a sorpresa nuestra, había un batallón de cincuenta hombres
apostados en la vera del rio. Eran los hombres del Conde Elnor y habían caballos
de los hombres de Conde Growserd así que corrimos loma abajo. Cuando nos vieron
fueron por las armas y luego nos rodearon. Nos pidieron que parásemos, que nos
estuviéramos quietos y que nos dijesen que queríamos. Entonces les conté. A
sorpresa de ellos, estaban buscando a esos forajidos y cuando supieron que en
cuestión de minutos pudieran estar encima nuestros los puso en alerta y
corrieron al encuentro. Nos dejaron con cuatro hombres que nos dieron de comer.
Sorbimos una sopa de pan y unos trozos de carne de cerdo, alrededor del fuego.
Algunos gemidos y llantos dieron gracias, otros sonriendo y arropados al igual,
se calentaban en la hoguera del caldero.
Una voz susurra a mis espaldas y consigo oírla pero ella no me dice nada cuando le pregunto, se escabulle entre mis entresijados pensamientos que paran para prestarle atención y decirle que de verdad le importas.
sábado, 23 de septiembre de 2017
miércoles, 13 de septiembre de 2017
LA MALDICIÓN DE LA ESCOBA.-2
Hablaba solo cuando de repente muchos sentimientos a la vez me recorrían
la medula, y la impresión en mi interior evocaba el dolor que yacía entre mis
pies, pues el fulgor de la batalla con tantos fallecidos y el recuerdo de los
cedros mutilados era lo que probablemente me hacía comprender esa sensación, ya
que al caminar vamos absorbiendo lo que tenemos alrededor. Cuando empecé con mi
mujer a vivir en estas lomas cedidas por un duque cercano, llevábamos la vida
debajo de nuestros pies, en donde al pisar, nuestra sensación en la hierba al
estar descalzos, nos producía una agradable respuesta de respeto hacia la
tierra, pues nos dará todo lo que necesitemos en unos años. Los pedazos del
tiempo que llevan la marca de la vida nos acerca a una plena consciencia con el
bien universal, siendo la muerte quien nos propicia un misterioso e increíble
suceso, pues alrededor, con el paso del tiempo, hay mas vida donde hubo muerte,
en los campos de resurgimiento que abrazarán otra vez la vida, pues se nota al
brotar la naturaleza si acompañan los buenos y plácitos recuerdos de lo que
fue, para ahora dar el mejor de los propósitos en el transcurso de su
disolución, para hacer que al transformar tanta energía para las plantas, y
haga de ellas el mejor de los campos, si la lluvia se presenta entre los días,
marcados por la paciencia y compás del agua al caer en los campos, para dar con
la semilla que nos haga fruto de la vida y de la experiencia de la naturaleza.
Haciendo que sea el propio tiempo quien cruce entre tu camino y el otro,
entre el camino que se paró aquí para unos y para otros que tuvieron mejor
suerte, pues pudieron entablar diálogo después de la cruel batalla, haran en
manos del destino el tiempo que selle tus momentos. El tiempo es quien decide
qué hacer con los hermanos futuro y pasado. Me quedo mas bien con el hermano
del presente. Hay que estar en el momento justo y en el mismísimo instante, que
haga posible la brecha entre la dignidad que llevamos por los hombros y la
propia cordura que hemos de sentar en la cabeza. Después de estremecerme seguí
caminando por el sendero llegando a casa y entonces oí un grito, un grito
desesperado y aterrador. Corrí hasta la propia hacienda y me vi a mi mujer con
el niño en el regazo. Tenía nueve años y llevaba a cargo de su espalda un
trabajo honrado y digno, pues a su edad era bastante fuerte. Le había mordido
una rata y por aquella época estaba la peste y podría haberse infectado. Mi
mujer cogió agua de manzanilla y después del lavarle bien dejó que una cataplasma
de barro y heces de vaca, para que estuviera cuarenta días, hasta que
cicatrizara, pues es el remedio que habían heredado las costumbres desde los
primeros Dioses, que obliga sobre las decisiones medicinales y gobierno de los
tributos, viendo bien que cubriéramos los campos de cultivo con los restos
mortales de los caballos y algún brazo o alguna pierna. Hay que seguir un
protocolo según ello y así estuviera cuarenta días con la cataplasma, hasta que
se curase. Eran muchos los niños que aunque estuviesen bien alimentado y fuertes
sucumbieran a la muerte, pues en esas heces no hay nada bueno, es un excremento
pensé. Se lo dije a mi mujer y que le daría con la escoba si volvía a ponerle
eso en su brazo, ya que aunque no quisiese importunar al seglar y sus
seguidores, yo mismo le pondría lo mejor que creyese y que nadie se enterase,
pues era importante que nadie viese la herida y que el pequeño se escondiese
cuando algún vecino se acercase. Estaba enfurecido y mosqueado con el sistema
impuesto por estos años y mi rabia se acentuaba por segundo, con el miedo en el
cuerpo de que pudieran decirme algo y ponerme en un aprieto, y así pasaron los
días hasta que curó. Las ratas y yo nunca fuimos buenos amigos, pues cada
primavera se ven merodeando por las vaquerizas y mas de una ha mordido a una
vaca. Le pregunté que por donde estaba, cogí un mazo y me fui a buscarla. Allí
estaba, raspando del suelo la leche derramada. Me acerqué lento, cuando me vio
salió en dirección al huerto, salté detrás de ella hasta que le arremetí un
mazazo en todo el lomo y luego otro bien fuerte en la cabeza. Ya que el
muchacho se quedó sin la leche que traía desde las vaquerizas fui a buscar un
poco. También fui a por hojas de eucalipto y me enfurecí con la planta a la vez
que me daba cuenta de que ya solo faltaba que no me dejasen ponerme hojas de
eucalipto en los bolsillos para alejar a las moscas. Mezclé y preparé un
ungüento con las hojas y le curé, hasta que pasaron cuarenta días y mi hijo
volviera a las tareas del campo, con mas cuidado. No le había producido ninguna
infección y ninguna pústula cubría su brazo y referente a la peste no se le vio
ningún punto negro, pues por lo seguro era que la rata no estaba infectada. Quedaba
una pequeña cicatriz y se podría decir que se la hizo con alguna rama.
Pensé en poner trampas para las ratas y atraparlas para después quemarlas.
Dejarlas para los aguiluchos podría ponerlos en peligro con alguna rata
infectada y ellos cazan mas conejos que ratas. También pensé hacer, para que se
vayan de la zona las ratas, buscar entre los montes a un lince que anduviera
cerca, pues si le encuentro uno o dos cachorros a alguna hembra lince, al
criarlas quedarían cerca de la hacienda. Lo malo serían las gallinas, pues
acostumbrar a un lince a que esté entre gallinas puede que llegue a darse si
las alimento con ratas medias vivas. Sería ideal en vez de quemarlas dárselas a
los linces para que desayunasen y soltarlos luego dentro del corral, para que
convivan con las gallinas y los conejos, y por la noche, después de cazar una o
dos y algún conejo salvaje, darles de comer en sus cobertizos para que después
desayunen otro poco y jueguen con las gallinas dentro de su hábitad.
Se había curado y ninguna infección recorre su cuerpo. Mi mujer y yo
decidimos dar gracias por nosotros mismos, tanto por confiar el uno en el otro
como aprender de la vida, una vida compartida, puesta entre lo que hacemos cada
cual con su razón, atenuando decisiones que pudieran hacer daño, viendo
alrededor al vivir las experiencias que nos lleva a entender qué es lo que
verdaderamente importa, encontramos la razón por la que hacer caso mas a la
experiencia que a unos razonamientos equívocos, que aunque sea tradición, a
veces es mejor dejar de seguir costumbres que no son propias de ese
razonamiento natural que hace posible curar con menos tiempo de respuesta,
hasta el límite de hacer posible la realidad compartida de los sueños que
profanan el esotérico misterio de la dualidad que cohabita en el infinito
universo que se presenta en una fracción de segundo. Eso fue lo que hizo que mi
mujer, después de tomarse su néctar de amapola, entendiera la idea que pudiera
alcanzar la estupidez humana sabiendo que estaban equivocados e imponiendo
sanciones por dejarnos curar de forma mas eficiente, para quedarse abrazada a
mi espalda hasta dormirse profundamente mientras la sensación del estasis de
los dos nos llevaba por lejanos parajes y recónditas lomas del universo
infinito. Estaba con la única sensación de paz que conocía, en un ensueño hasta
la mañana que venía sobre el horizonte. Mientras, entrevela, observaba las
propiedades de otras plantas, para hacer un recuento de ellas y clasificarlas
cada una por sus cualidades y defectos. En su sueño profundo, inconscientemente
me organizaba para sembrar pequeños huertos con esas hiervas medicinales,
calculando en mi memoria la cantidad de ramilletes para vender en el mercado.
La vida alrededor de la hacienda estaba cogiendo mala presencia, pues los
insectos merodeaban muy a menudo e incluso en enjambres, hasta el punto de
tener que ponernos pañuelos e ir con camisas de manga baja, ya que las moscas
no paraban de revolotear entre las cortinas. Los tres estábamos preocupados
pues una mosca mordió en el cuello a mi mujer. Le hice respirar vapores de anís
para que en la zona de los pulmones no quedara incrustadas ninguna de las
larvas que vivían en su cuerpo. Tres o cuatro días será suficiente, tomándolo
unas siete u ocho veces durante el día. Solo faltaba que las expulsase por el
intestino después de unos ocho o nueve días, esperando que no se le quedara
ninguna incrustada en su organismo. Cuando pasó el peligro la palpé para ver si
había algún insecto en su vientre y no encontré nada sospechoso. Durante esos
días hasta que llegaron las primeras lluvias las moscas eran muy agresivas.
Después de que lloviese en abundancia durante dos días vimos que ya no quedaban
muchas de ellas. Decidimos arar la tierra y ponernos en marcha y a los tres
días siguiente de la lluvia removimos la tierra. Recogimos todos los huesos de
las parcelas y enterramos cerca del rio todos los huesos que por los terrenos
yacían y a continuación llenamos de hojarasca los campos, trabajando durante
unas semanas y llevando carros desde los cedros, donde aquellas esquilmas a las
ramas y a los troncos de los árboles para incinerar a los fallecidos, daba lo
suficiente para tapar el campo con todas las hojarascas y poder empezar a
cultivar a finales de invierno.
En el huertito pequeño teníamos lo suficiente para nosotros. Ella
plantaba sus hierbajos medicinales y yo plantaba algunas hortalizas y verduras.
Eso era para subsistir en la casa y para comprar pan a unos amigos pues le sale
mucho mejor que a nosotros y a cambio de mis verduras el me daba hogazas de ese
pan blanco. Yo en particular no me atrevo a hacer pan. Para ganar algo de
dinero y comprar terneros, vendíamos a muy buen precio las fanegas de las cosechas
que el sabio empezó a plantar en mis tierras. También plantábamos henos y si
quedaba para vender, sacábamos para comprar algún cordero. La producción de la
cosecha iba bien en primavera sacando muchas fanegas de alimento. La tierra ya
no podía dar mas, llevaba mucho tiempo absorbiendo la esencia de la vida para
las plantas y ahora las plantas tenían hambre y se secaban o no crecían lo
suficiente. Teníamos semillas que nos daría para dos cosechas y en una de esas
cosechas habría que sacar semilla de las mas grandes y la verdad, con la fuerza
que tienen estas semillas, de las plantas mas grandes y resistentes, daría la
mejor cosecha de amapola blanca que podría recordar.
Sembramos los campos en invierno, la lluvia regó su agua por los campos e
hinchó los capullos verdes de la amapola. Recuerdo la siguiente cosecha, los
primeros que salieron en primavera. Eran de las mejores, pues se veían fuertes
y gruesas. Aquellas amapolas que sembró el sabio en mis tierras, sin saber bien
que cosechaba y menos aún que efectos producía en el organismo, hicieron que
perdiera la noción del tiempo, pues yo también probé de esa resina. Mi mujer se
tomaba una dosis de la leche de la amapola suficiente para descansar. Se la
tomaba porque el sabio me dijo que así lo hiciera, sin entender por qué. Él me
había dicho le diera, después de la primera cosecha, un capullo de la flor a mi
mujer cada noche. En realidad era para atarme. No podría dejar de cosechar por
mi mujer pues sufriría, y tampoco podría dejar de cosechar porque vendrían los
hombres del sabio, pidiendo sus doce o quince fanegas por cosecha. Me sentía
impotente, sin poder levantar la cabeza pero contento por otro lado. La verdad
que también me lo pagaban bien. La cosecha de amapola solo cogía un tercio de
mis campos. Los otros dos tercios eran para el heno del ganado y los tributos
al duque, para mi hacienda y para el sitio de mis animales. A mi mujer, con el
tiempo, le gustó sentirse relajada por el elixir, teniendo la suficiente
cantidad para tomar por las noches. Me contaba sus sueños, me contaba y
adivinaba quién vendría al día siguiente o que tiempo hará para los dos o tres
días venideros. Me contaba que viajaba por el universo en busca de una estrella
que le de calor, y que me lleva de la mano a todos los rincones por los que
pasa, volviendo cada mañana al lecho en el que descansa, después de sentirse
mas cerca de esa estrella que habita en su interior.
lunes, 4 de septiembre de 2017
LA MALDICIÓN DE LA ESCOBA,.1
Una vez dijo un sabio, que la vida es lo que hace posible entendernos, en
cualquier lenguaje y en cualquier idioma. Yo le comenté que la sabiduría es
fundamental para el entendimiento y lo cual hace posible la vida. Le dije lo
que se hace la vida posible cuando hablamos el mismo idioma, y lo que
aprendamos de cada uno es la certeza de sentirnos sabios. Él contesto que quien
empieza el camino es el buscador, pues quien recorre caminos a su entender sabe
que cada cual es libre de elegir que camino seguir. Yo me quedé pensando, en
qué podría hacer el hombre más allá de lo que hace posible en la vida. Ahora
buscamos que saber o que aprender, y antes queríamos saber adónde llegar en el
recorrido más corto. Aquí se siembra y es el mejor trayecto y lo fundamental en
los campos que pudiéramos encontrar serian labrados para poner la semilla y dar
un poco de vida a nuestros vientres, siguiendo el ciclo que nos envuelve en el
mismo instante a cada uno, en el ciclo de estos tiempos que marca el mismo
momento para todos. Ahora, entre hojarascas mustia y lodo de las barricadas el
tiempo no cuenta para detrás, solo mira para adelante, dando gracias por
sentirnos dignos, de seguir un día más en la vida, pues son tiempos difíciles
ya que los más viejos tienen sesenta y no pasan de los setenta. Los ancianos
llevan una vida digna en los hombros de trabajo y dedicación, para labrar en
las tierras y el fruto de nuestro trabajo es el más preciado bienestar, pero
con poca vida entre unas generaciones y otras, que no dan otra cosa que fruto
en sus campos y vida alrededor, contando cada año como lo más sagrado, para
hacer que cada uno sea más fuerte, en un rito que dejaba a los niños
concienciados con valores que sus padres fortificaban cada día.
En cada sendero había un trozo de
la penuria que nos embriagaba con su hedor. Eran de un bando o de otro. Cuando
cayeron a cientos en cada fosa, no pensamos ni mi mujer ni yo, que cayeran
tantas personas y animales y solo quedaran unos veinte caballos para acabar con
dos generales que huyeron entre los troncos de los cedros. Antes de saber que
hacer con los restos mortales, tendríamos que ver como incinerarlos o
enterrarlos. Se fueron sacando de los campos y de las zanjas y quienes se podían
quemar arderían en la loma, después de cortar cedros para su crematorio.
Cogimos caballos y los pusimos a trozos o desmembrados en los campos y en los
huertos, y a los dueños que ya no podían decir nada quemaríamos o enterraríamos
en la loma, entre el campo de cedros. Entre las zanjas peladas de los campos,
se veía venir la vida, repleta de misterios y acertijos, pruebas que vas
superando con la propia paciencia de la experiencia. Mas tarde retiramos los
huesos, mientras se fueron nutriendo los campos de los restos llenos de vida,
en trozos plenos de alimento para bestias muy pequeñas y para pequeños seres
que nos acompañan a la salud, pues esperamos en unos quince días el hedor
propio de la carne hecha jirones, que con sus restos abonan terrenos de los
cuales comeremos después y seguirá siendo el hecho que nos revela la intención
de seguir entre los pasos de esos espíritus que en la vida, sin contar con los
duendes que habitan en la noche, sin
querer se les oía, pues era muy tarde cuando escuchábamos remedar a los
pequeños seres, con su voz cantarína y aguda, canciones de los juglares,
acertadas en un momento sesgado por los segundos que con las palabras de un
sabio, esta vez con su voz sensata, sosegada y vibrante, pudiéndonos
transformar en seres más terribles o más terroríficos, o quizás, la libertad de
dejarnos con los pensamientos que nos evoque, relajaríamos muchos músculos para
estar tranquilo, y afuera el propio hacedor de ideas es el que debiera de
escoger, pero el susurro en el sueño que recuerdas por tu don, hace posible que
el recuerdo de esa memoria prodigiosa, acierte cuando entre sus palabras a la
montaña, pusiera a prueba a un sabio caminante.
Las últimas veces que pensamos en dejar todos los campos tapados, de lo
que yo recuerdo de ese pasado verano, cálido y húmedo, llenamos de hojarasca y
ramas de lo podado en los cedros, que una vez transportado tapó todos los
cuerpos de caballo que movimos desde el llano. A la vera del rio, dos curvas
mas arriba se va muy bien en carromato y también se consigue mucha agua con la
ayuda de un burro. Busqué un poco de tiempo compartido en silencio con todo el
terreno que estaba lleno de moscas, sin saber que sería para mí la perdición,
pues atacaban a las personas si no estabas impregnado de hojas de eucalipto, ya
que las moscas no lo soportan. Me quedé sentado mirando todo el espectáculo
cenizo de enjambres, que por la tarde parecían calmarse un poco. Me levanté y
maldije ese momento, pues era una experiencia mas, propiamente con un fin y una
idea, que por las circunstancias adopte y seguro que si vuelve a pasar tampoco
lo volvería a hacer, esperando que las propias consecuencias que la naturaleza
sostuvo, nos diera gracias por la vida después de esa tormenta de horas de agua
y viento y los insectos se marchándose o disipándose entre los campos. No
volvieron a aparecer en todo el invierno. De haber pasado unas semanas mas sin
agua, los bichos hubieran picado mucho al ganado, aunque quedaba poco, pero las
cabras no comen eucalipto y las bañamos con agua hervida en hojas frescas,
pero ya quedan pocas. Intentaba tenerlos
limpios, y cuando llegaron los caballos los frotaba con hojas de eucalipto,
cuando los metíamos por los rediles fuertemente construidos. Gracias a que
menguaron mucho los insectos mordedores después de las primeras lluvias de
otoño, todos lo agradecimos en el día de Navidad, brindando con buena cerveza
enfriada con hielo traído de la montaña. Cuando me contaron el secreto de la
transformación del insecto me espeluzné, pero entendí que ese proceso del
gusano dentro del organismo podría hacer mucho daño y me espeluzné aún mucho
más. Me pidieron que en esos campos echara lombrices que encontraría en la
curva del río que está mas abajo, en el campo de las ranas, en uno de los charcos,
allí hay muchas y podrás ir cogiendo para rociar los campos de ellas y
llenarlos de esas pequeñas lombrices para que aparezcan las moscas soldado que
se alimentan de las larvas que dejan los insectos que vinieron con los restos
de la vida que hay en un retén y dos caballerizas, siendo pasto de la muerte
todo aquel que estaba en esa carnicería y la matanza de más de un centenar de caballos.
“Quien pusiera entre los amigos la
distancia, donde habría algún trozo de esperanza en nutrir la esencia de la
vida, en el apogeo de las voces hacían canciones de veladas en la hoguera, mientras
la guardia repartía las flechas de punta envenenada para cruzar el llano y
enfrentarse al destino la mañana siguiente.”
- “Es lo conocido” – pensé imaginando, evocando la presencia del sabio.
Busqué cómo decirle algo más y el me paro quitándose las gafas negras y mirándome
desde donde estuviese. Mi pensamiento solo duró un segundo y me vi surcando la
eternidad que me embebía desde la mirada más sabia y necesaria. En ese momento,
lo único que podía pensar, diciéndome con paciencia todo lo que me hacía falta,
en una de las palabras que me dijo por aquellos días, puse mis reflexiones: quien
no mira el suelo no ve las piedras, pero puedes sentir las piedras; ve descalzo
y notaras mejor por donde pisas, pues la propia necesidad de caminar te salvara
por todos los caminos precisos que recorrerás, por tus propias sendas en las
que darás más sentido a tus momentos, a los momentos únicos que te dan valor
cuando los compartes. Esas formas raras de ver emociones envueltas en un
silencio que parece eterno, nos da bendiciones si calmamos las ansias. Esas
formas de ver los recelos sembrados entre el ganado hambriento y bocas que
saciar, el hambre ya no era apetito, sino de voracidad, siendo cruelmente
sacrificados por los soldados que arrasaron con todo. Eran los del bando
contrario al que yo debía de servir y se cargaron todo lo que encontraron. Eso
de respetar no lo tenían muy claro y querían hacer algo mas que acobardar a una
familia, y en busca de la paz, hicieron que tu eligieras. Te dan la posibilidad
de vivir o de morir, o entre aquellos que te dejan llevar un arado, hablar en
voz alta y pensar y surcar los caminos andando o a lomos de una bestia y dieras
todo el valor para cultivar mucho o poco para nosotros. Aquellos que te lo
quitan todo y que no te matan, aquellos que no te descuartizan porque esperan
que tu hijo sea lo suficientemente grande para ver la muerte de su familia,
degollados o troceados por espedazados para luego ser raptado y seguir como
mercenario con el paso de los años, siendo parte del juego, cuando nos vemos
envueltos en un jaleo. Ahora nos dejarán en paz, pagando de lo que coseche un
tributo, pero muy pequeño. Hay un montón de aldeas que viven por los
alrededores y el castillo del rey triunfador está a tres días, así que como
habrá un conde a medio día de aquí le serviríamos a él y asistiríamos a la
iglesia mas cercana, donde se oirá la prenda de esa semana, y así no tendrás
problemas con los tributos. Nuestra iglesia o a la que pertenecíamos, estaba a
nueve horas, y había que estar a las doce del mediodía para rendir homenaje a
nuestro Dios. De todas formas se esperaba que perdiesen pues eran muchos menos
y menos caballos, con un capitán en la loma, sin saber que detrás ya se han
plegado batallones.
- He de dar vueltas y vueltas y
usted, que me ve hablar entre las montañas, a solas, imitando a un señor que lo
hacía, preguntando y contestando con la misma sensación que el pensamiento,
haciéndome fuerte mientras aprendo de lo que usted en su momento me comentó
entre los recuerdos que me hacía ver de libros que en su momento aprendí de mis
padres. – Fue una de las cosas que decía mientras caminaba y me inducia en una
sucesión de condicionantes para llegar a comprenderme un poco mas y poder hacer
de mí mismo una gran versión.
Encontré mucha gente entre mis días, entre mis noches, entre los bosques
y entre las ciudades, cuando en mi casa apareció este sabio y entre los surcos
fue sembrando una pequeña semilla redonda y negra, como la de una cabeza de
alfiler, que en pocas semanas, con el riego de unos días, unos brotes salían de
allí. De lo que plantó ese señor nacieron bastantes plantas y me dieron doce
fanegas casi sin esfuerzo. Me hizo recordar que buscara la mejor versión de mí
mismo, para contemplar la razón por la que habitar entre las estrellas, para
dar concepto de la ilustración de los propios mensajes que hacen posible el
entendimiento. Yo comprendía a aquel señor pero por qué tenía que esperar para
recoger los brotes en pequeños capullos verdes y darle uno a mi mujer durante
cada noche en la cosecha y guarda unas pocas semillas para que vayan
sembrándose después del arado.
A los pocos años, después de plantar y recoger tres cosechas por año, en
unas nueve cosechas, las semillas empezaron a pedir de la tierra y había que
abonar. Entonces estalló la batalla, cerca del campo de los cedros. Los forajidos
habían hecho trincheras camufladas. Por aquellos días encontré silencio en el
cobertizo, mientras los generales huían en sus caballos todo terreno, pues solo
ellos conocían el bosque de los cedros por varias exploraciones del terreno
antes de la batalla. Me pidieron que me uniera a la batalla pero no estaba para
luchas pues debería seguir cuidando las tierras del sabio, ya que esos terrenos
le pertenecen y según los ganadores de la cruel batalla no debíamos de correr
riesgo alguno. De allí, de los cedros, cogí ingentes cantidades de hojarasca y
empecé a abonar con la capa de vida que se creó por el otoño. Recolecté durante
tres meses suficiente abono para todos mis terrenos que darían fruto durante
más de tres años, pudiendo segar todo lo nuevo que crezca entre los cedros,
donde muchos cuerpos perecieron en una batalla sangrienta. Duró como unas cinco
horas y fue al amanecer, sin antorchar así la batalla transcurrió y no atacaron
con fuego. Fue una lucha cuerpo a cuerpo entre lanceros y caballos, espadas y
dagas veloces.
Este sabio me pidió de fuera al campo y cogiera a los siete primeros que
pudieran sobrevivir, que pudieran estar vivos y conseguí a siete hombres
heridos en los brazos, piernas o cuello, y eran tres de un bando y cuatro del
otro. Firmamos la paz entre nosotros y si preguntaban de que bando somos, refugiaríamos
con la espada el honor de todos y unos a los otros hasta la muerte. Haciéndose
mercenarios a la paz nuestra y trabajando durante bastante tiempo en nuestros
campos, entre labranzas y martillo. Construyeron muchas caballerizas de más de
tres metros de largo, hicieron un baño seco para pasto de lombrices. También
construyeron unos cercados hermosos y criaron bestias para unos años,
capturadas dos lomas mas abajo, entre la ladera y el rio, dirigiendo la manada
por el rio y en la curva le esperaba la red. Dieciséis caballos capturados,
nueve yeguas y siete caballos y entre ellos cinco potros. Cultivaron la tierra,
arando entre cinco y rascando el suelo desde lo más profundo que pudiesen, en
una tierra que necesitaba ser removida y aireada. Se quedaron mas de nueve años,
ya que aquí, después de la batalla, no había enemigos. Estábamos solos, mi
hijo, mi mujer y yo, y nos repartíamos pequeñas tareas, y la ayuda de estos
siete señores fue muy agradecida ya que cuidé sus heridas y les di alimento del
que tenía escondido, guardado en las laderas mientras mataban al ganado y
arrasaban con el huerto los del bando perdedor. Estos hombres también se
aficionaron a quitarse el dolor, con la leche de la amapola que mi mujer
preparaba, y mientras se recuperaban llegaron a animarse hasta el punto de
cantar e intentar bailar, riendo en las veladas a la vez que nos
despreocupábamos de la guerra, agradeciéndonos unos a otros el estar vivos y en
paz.
Desde que ese sabio me pidió que cosechara más de 20 fanegas por año, me
preocupaba no poder llegar a esa cantidad, dando gracias ahora porque
tendríamos abono suficiente para unos años, así que la producción se daría y yo
estaría mas tranquilo. Cuando vino el sabio por última vez a mis tierras, al no
saber contemplar en sus ojos la mirada que me transportaba a la inmensidad del
universo, hizo que la propia hazaña fuera saber verdaderamente lo que me decía
la eternidad. Este sabio, al discernir, acertaba retozando, y se podía
contemplar en sus ojos esa intención que quería que viese, con ese brillo que deslumbra
hasta lo más profundo, dando sentido a mi confusión y a mi perplejidad, para
entender que estaba a sus órdenes. Saber de verdad qué sería si decidiera dejar
de plantar esas amapolas era lo que hacía que pensase mas de la cuenta pues
intentaba buscarle una solución y lo que encontraba como verdad y simplemente
era el yugo que tendría que llevar por el resto de mis días. En este caso
tendría que ser esclavo y hacer caso a quien manda, sin creer que importa. Su
malvado pensamiento era más fuerte que la poca doctrina recibida de mi cultura,
sumido por la ignorancia por un sabio que se le ocurrió sembrar en mis campos
esas plantas, que eran flores de amapola blanca, donde su fruto y su jugo
embriagan mucho, quitándote los dolores que puedas tener si la ingieres, siendo
muy adictivo. Su sufrida su abstinencia provoca dores más fuerte, siendo la
única manera de quitar su dependencia dando bajas dosis progresivamente,
durante unos tres o cuatro meses. Yo llevaba dándole a mi mujer un fruto de
amapola durante tres años, cada noche. Ese fruto de amapola blanca le embriaga
al principio, le hacía olvidar después y cuando no te la tomas tenía dolores
muy fuertes en el vientre y en la cabeza. Así que ahora soy yo el que me labro
mi camino y voy y vengo por el mismo sendero y surco a la vez, para hablar
entre estas tierras a la montaña.
Para encontrar a gente en esta tierra y posiblemente para encontrar en
ellos otra vez el camino de regreso, esta vez estará mas abonado en la vida que
pasó y encontró un poco de sabiduría con los sentidos que le damos al
entendimiento. Solo haría falta ir y caminar por muchos sitios y ver quien
pudiera ayudarme, y por eso sigue en la realidad de mis pensamientos, rehaciendo
las cordialidades que encontremos en cada sendero, cada sendero que debía de
barrer con la escoba que me elaboró el sabio. Debía de quitar todas las piedras
que hubiese en esos caminos, empezando por los de mis huertas y caminos de
alrededores, saliendo desde la puerta de mi casa en una dirección u otra. Debía
de espantar los malos espíritus que habitaban por las colinas, sin entender que
debía hacer lo mismo después de la batalla, esperando que se fuesen todos los
que alrededor terminaron con su vida, sufriendo o no y saliendo de la esencia
divina de la vida, para llegar un poco al infierno y otro poco a las estrellas,
y aquí en la tierra, recuerda el espacio que habitaba en ese momento, la morada
de la dualidad que refleja la vida y la muerte, hasta los confines de la
puerta, donde se perpetra el intercambio de valores y de emociones, que te hacen
fuerte para entender que muchas puertas así en unas lomas, zanjas y laderas de
tantas personas que fallecieron, dificultaría la habilidad de caminar por
caminos donde al barrerlas quitarían con la escoba mágica los posibles
moradores de los caminos y caminantes podrán pasar sin miedo a perder la cabeza,
pues las piedras del camino han sido barridas y las energías del tiempo
empolvadas con la tierra del camino, dejando que se esparciese con el tiempo
cada parte de ese alma que alienta la vida pero transformado su contenido, y
dando gracias que su intercambio se diera en la verdadera razón por la que
luchar cuando la dignidad nos enfrenta con el pudor, y la envidia con el
entrecejo bajo, la certeza con la cabeza alta y la penuria con los pies
gastados.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)