miércoles, 13 de septiembre de 2017

LA MALDICIÓN DE LA ESCOBA.-2

Hablaba solo cuando de repente muchos sentimientos a la vez me recorrían la medula, y la impresión en mi interior evocaba el dolor que yacía entre mis pies, pues el fulgor de la batalla con tantos fallecidos y el recuerdo de los cedros mutilados era lo que probablemente me hacía comprender esa sensación, ya que al caminar vamos absorbiendo lo que tenemos alrededor. Cuando empecé con mi mujer a vivir en estas lomas cedidas por un duque cercano, llevábamos la vida debajo de nuestros pies, en donde al pisar, nuestra sensación en la hierba al estar descalzos, nos producía una agradable respuesta de respeto hacia la tierra, pues nos dará todo lo que necesitemos en unos años. Los pedazos del tiempo que llevan la marca de la vida nos acerca a una plena consciencia con el bien universal, siendo la muerte quien nos propicia un misterioso e increíble suceso, pues alrededor, con el paso del tiempo, hay mas vida donde hubo muerte, en los campos de resurgimiento que abrazarán otra vez la vida, pues se nota al brotar la naturaleza si acompañan los buenos y plácitos recuerdos de lo que fue, para ahora dar el mejor de los propósitos en el transcurso de su disolución, para hacer que al transformar tanta energía para las plantas, y haga de ellas el mejor de los campos, si la lluvia se presenta entre los días, marcados por la paciencia y compás del agua al caer en los campos, para dar con la semilla que nos haga fruto de la vida y de la experiencia de la naturaleza.
Haciendo que sea el propio tiempo quien cruce entre tu camino y el otro, entre el camino que se paró aquí para unos y para otros que tuvieron mejor suerte, pues pudieron entablar diálogo después de la cruel batalla, haran en manos del destino el tiempo que selle tus momentos. El tiempo es quien decide qué hacer con los hermanos futuro y pasado. Me quedo mas bien con el hermano del presente. Hay que estar en el momento justo y en el mismísimo instante, que haga posible la brecha entre la dignidad que llevamos por los hombros y la propia cordura que hemos de sentar en la cabeza. Después de estremecerme seguí caminando por el sendero llegando a casa y entonces oí un grito, un grito desesperado y aterrador. Corrí hasta la propia hacienda y me vi a mi mujer con el niño en el regazo. Tenía nueve años y llevaba a cargo de su espalda un trabajo honrado y digno, pues a su edad era bastante fuerte. Le había mordido una rata y por aquella época estaba la peste y podría haberse infectado. Mi mujer cogió agua de manzanilla y después del lavarle bien dejó que una cataplasma de barro y heces de vaca, para que estuviera cuarenta días, hasta que cicatrizara, pues es el remedio que habían heredado las costumbres desde los primeros Dioses, que obliga sobre las decisiones medicinales y gobierno de los tributos, viendo bien que cubriéramos los campos de cultivo con los restos mortales de los caballos y algún brazo o alguna pierna. Hay que seguir un protocolo según ello y así estuviera cuarenta días con la cataplasma, hasta que se curase. Eran muchos los niños que aunque estuviesen bien alimentado y fuertes sucumbieran a la muerte, pues en esas heces no hay nada bueno, es un excremento pensé. Se lo dije a mi mujer y que le daría con la escoba si volvía a ponerle eso en su brazo, ya que aunque no quisiese importunar al seglar y sus seguidores, yo mismo le pondría lo mejor que creyese y que nadie se enterase, pues era importante que nadie viese la herida y que el pequeño se escondiese cuando algún vecino se acercase. Estaba enfurecido y mosqueado con el sistema impuesto por estos años y mi rabia se acentuaba por segundo, con el miedo en el cuerpo de que pudieran decirme algo y ponerme en un aprieto, y así pasaron los días hasta que curó. Las ratas y yo nunca fuimos buenos amigos, pues cada primavera se ven merodeando por las vaquerizas y mas de una ha mordido a una vaca. Le pregunté que por donde estaba, cogí un mazo y me fui a buscarla. Allí estaba, raspando del suelo la leche derramada. Me acerqué lento, cuando me vio salió en dirección al huerto, salté detrás de ella hasta que le arremetí un mazazo en todo el lomo y luego otro bien fuerte en la cabeza. Ya que el muchacho se quedó sin la leche que traía desde las vaquerizas fui a buscar un poco. También fui a por hojas de eucalipto y me enfurecí con la planta a la vez que me daba cuenta de que ya solo faltaba que no me dejasen ponerme hojas de eucalipto en los bolsillos para alejar a las moscas. Mezclé y preparé un ungüento con las hojas y le curé, hasta que pasaron cuarenta días y mi hijo volviera a las tareas del campo, con mas cuidado. No le había producido ninguna infección y ninguna pústula cubría su brazo y referente a la peste no se le vio ningún punto negro, pues por lo seguro era que la rata no estaba infectada. Quedaba una pequeña cicatriz y se podría decir que se la hizo con alguna rama.
Pensé en poner trampas para las ratas y atraparlas para después quemarlas. Dejarlas para los aguiluchos podría ponerlos en peligro con alguna rata infectada y ellos cazan mas conejos que ratas. También pensé hacer, para que se vayan de la zona las ratas, buscar entre los montes a un lince que anduviera cerca, pues si le encuentro uno o dos cachorros a alguna hembra lince, al criarlas quedarían cerca de la hacienda. Lo malo serían las gallinas, pues acostumbrar a un lince a que esté entre gallinas puede que llegue a darse si las alimento con ratas medias vivas. Sería ideal en vez de quemarlas dárselas a los linces para que desayunasen y soltarlos luego dentro del corral, para que convivan con las gallinas y los conejos, y por la noche, después de cazar una o dos y algún conejo salvaje, darles de comer en sus cobertizos para que después desayunen otro poco y jueguen con las gallinas dentro de su hábitad.
Se había curado y ninguna infección recorre su cuerpo. Mi mujer y yo decidimos dar gracias por nosotros mismos, tanto por confiar el uno en el otro como aprender de la vida, una vida compartida, puesta entre lo que hacemos cada cual con su razón, atenuando decisiones que pudieran hacer daño, viendo alrededor al vivir las experiencias que nos lleva a entender qué es lo que verdaderamente importa, encontramos la razón por la que hacer caso mas a la experiencia que a unos razonamientos equívocos, que aunque sea tradición, a veces es mejor dejar de seguir costumbres que no son propias de ese razonamiento natural que hace posible curar con menos tiempo de respuesta, hasta el límite de hacer posible la realidad compartida de los sueños que profanan el esotérico misterio de la dualidad que cohabita en el infinito universo que se presenta en una fracción de segundo. Eso fue lo que hizo que mi mujer, después de tomarse su néctar de amapola, entendiera la idea que pudiera alcanzar la estupidez humana sabiendo que estaban equivocados e imponiendo sanciones por dejarnos curar de forma mas eficiente, para quedarse abrazada a mi espalda hasta dormirse profundamente mientras la sensación del estasis de los dos nos llevaba por lejanos parajes y recónditas lomas del universo infinito. Estaba con la única sensación de paz que conocía, en un ensueño hasta la mañana que venía sobre el horizonte. Mientras, entrevela, observaba las propiedades de otras plantas, para hacer un recuento de ellas y clasificarlas cada una por sus cualidades y defectos. En su sueño profundo, inconscientemente me organizaba para sembrar pequeños huertos con esas hiervas medicinales, calculando en mi memoria la cantidad de ramilletes para vender en el mercado.
La vida alrededor de la hacienda estaba cogiendo mala presencia, pues los insectos merodeaban muy a menudo e incluso en enjambres, hasta el punto de tener que ponernos pañuelos e ir con camisas de manga baja, ya que las moscas no paraban de revolotear entre las cortinas. Los tres estábamos preocupados pues una mosca mordió en el cuello a mi mujer. Le hice respirar vapores de anís para que en la zona de los pulmones no quedara incrustadas ninguna de las larvas que vivían en su cuerpo. Tres o cuatro días será suficiente, tomándolo unas siete u ocho veces durante el día. Solo faltaba que las expulsase por el intestino después de unos ocho o nueve días, esperando que no se le quedara ninguna incrustada en su organismo. Cuando pasó el peligro la palpé para ver si había algún insecto en su vientre y no encontré nada sospechoso. Durante esos días hasta que llegaron las primeras lluvias las moscas eran muy agresivas. Después de que lloviese en abundancia durante dos días vimos que ya no quedaban muchas de ellas. Decidimos arar la tierra y ponernos en marcha y a los tres días siguiente de la lluvia removimos la tierra. Recogimos todos los huesos de las parcelas y enterramos cerca del rio todos los huesos que por los terrenos yacían y a continuación llenamos de hojarasca los campos, trabajando durante unas semanas y llevando carros desde los cedros, donde aquellas esquilmas a las ramas y a los troncos de los árboles para incinerar a los fallecidos, daba lo suficiente para tapar el campo con todas las hojarascas y poder empezar a cultivar a finales de invierno.
En el huertito pequeño teníamos lo suficiente para nosotros. Ella plantaba sus hierbajos medicinales y yo plantaba algunas hortalizas y verduras. Eso era para subsistir en la casa y para comprar pan a unos amigos pues le sale mucho mejor que a nosotros y a cambio de mis verduras el me daba hogazas de ese pan blanco. Yo en particular no me atrevo a hacer pan. Para ganar algo de dinero y comprar terneros, vendíamos a muy buen precio las fanegas de las cosechas que el sabio empezó a plantar en mis tierras. También plantábamos henos y si quedaba para vender, sacábamos para comprar algún cordero. La producción de la cosecha iba bien en primavera sacando muchas fanegas de alimento. La tierra ya no podía dar mas, llevaba mucho tiempo absorbiendo la esencia de la vida para las plantas y ahora las plantas tenían hambre y se secaban o no crecían lo suficiente. Teníamos semillas que nos daría para dos cosechas y en una de esas cosechas habría que sacar semilla de las mas grandes y la verdad, con la fuerza que tienen estas semillas, de las plantas mas grandes y resistentes, daría la mejor cosecha de amapola blanca que podría recordar.

Sembramos los campos en invierno, la lluvia regó su agua por los campos e hinchó los capullos verdes de la amapola. Recuerdo la siguiente cosecha, los primeros que salieron en primavera. Eran de las mejores, pues se veían fuertes y gruesas. Aquellas amapolas que sembró el sabio en mis tierras, sin saber bien que cosechaba y menos aún que efectos producía en el organismo, hicieron que perdiera la noción del tiempo, pues yo también probé de esa resina. Mi mujer se tomaba una dosis de la leche de la amapola suficiente para descansar. Se la tomaba porque el sabio me dijo que así lo hiciera, sin entender por qué. Él me había dicho le diera, después de la primera cosecha, un capullo de la flor a mi mujer cada noche. En realidad era para atarme. No podría dejar de cosechar por mi mujer pues sufriría, y tampoco podría dejar de cosechar porque vendrían los hombres del sabio, pidiendo sus doce o quince fanegas por cosecha. Me sentía impotente, sin poder levantar la cabeza pero contento por otro lado. La verdad que también me lo pagaban bien. La cosecha de amapola solo cogía un tercio de mis campos. Los otros dos tercios eran para el heno del ganado y los tributos al duque, para mi hacienda y para el sitio de mis animales. A mi mujer, con el tiempo, le gustó sentirse relajada por el elixir, teniendo la suficiente cantidad para tomar por las noches. Me contaba sus sueños, me contaba y adivinaba quién vendría al día siguiente o que tiempo hará para los dos o tres días venideros. Me contaba que viajaba por el universo en busca de una estrella que le de calor, y que me lleva de la mano a todos los rincones por los que pasa, volviendo cada mañana al lecho en el que descansa, después de sentirse mas cerca de esa estrella que habita en su interior.

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