sábado, 23 de septiembre de 2017

LA MALDICIÓN DE LA ESCOBA.-3

            Llevaba escondido unas horas, cuando ya me había alejado lo suficiente como para que no supiesen por donde cabalgaba. Había tenido que huir. Mientras estaba absorto barriendo los caminos que el sabio recomendó que limpiase, vi como se acercaban diez o doce jinetes, asaltando la casa por detrás y cargando en fardos todo lo que le interesaba, desde corderos, gallinas, conejos, todo. Fue muy rápido. Enseguida estaba ardiendo el techo de la casa y mi mujer y mi hijo en las afueras de la casa, arrastrados por los pelos hasta un carromato que llegó en lo que yo cogía un caballo. Me situé en la loma de arriba, sopesando por donde pudieron venir y mirando y observando sus movimientos, para saber por dónde pudieran ir o dirigirse. Caminaron durante dos días hacia el este. Les seguí la huella. El carromato pesaba mucho y dejaba prominentes surcos en los caminos enfangados por la lluvia de anoche que duró dos horas y estuvo incesantes. Vi como se adentraban en un bosque y pensé que allí se refugiarían. Me quedé en la entrada del bosque y esperé unas horas. Cuando me adentré por la noche en ese bosque con un hacha y un palo, esperaba oír algo mas, o por lo menos el jaleo del festín y no vi fuegos ni antorchar, así que me subí al caballo y  me adentré por el camino siguiendo las huellas. Cruzaban todo el bosque hasta llegar a un valle, con un pequeño riachuelo en su ladera y una gran montaña de fondo, por donde empieza la cordillera de los Venerables. Me extraño que no se percatasen de mi llegada, o si sabían que les estaba siguiendo, tampoco vi mercenarios por la linde del bosque. Até el caballo entre unos árboles donde había pasto y me acerqué hasta una loma situada por encima del poblado. Ya habían pasado tres horas desde que amaneció y el revuelo del poblado empezaba a notarse. Comían cordero para desayunar, cerdo para comer y gallinas o conejos para cenar. Estuve observándolo durante muchos días, subsistiendo de setas y lombrices. Observé donde tenían a mi hijo y a mi mujer. Dos jaulas situadas en uno de los lados de la vera del rio eran donde tenían a los rehenes, en una a los niños y en otra a las mujeres. No les interesaba guardar hombres ya que pudieran ser una molestia en algún momento. De momento no violaron a ninguna mujer en las noches que aguardé. Había puesto al caballo bastante alejado del camino y así me aseguraría de que podría estar a salvo unos días, hasta ver como rescatar a los niños y a las mujeres. En una noche en la que bebieron más de la cuenta y fornicaron con las mujeres, vi la oportunidad de ir a por ellos. Los dos soldados que custodiaban la puerta estaban sentados espalda con espalda mientras dormitaban, así que cogí una lanza y los ensarté a los dos. Ya me había visto mi hijo y alertó a los demás de que estuvieran en silencio. Mi mujer estaba destrozada, como tanta otras y todas empezaron a salir una por una sin hacer ruido por donde lo les dije, y luego mi hijo y los demás niños. Salimos todos por el bosque corriendo, mientras me dirigía a recoger a mi caballo. Corrimos durante unas horas. Teníamos tiempo hasta que amaneciese y se dieran cuenta de sus pérdidas. De momento pasaran por lo menos cuatro horas. Nos aventuramos hasta la salida del bosque sin parar de correr. Ellas se iban tropezando mucho, descalzas y con los trajes rotos. El coraje que salía de sus zancadas y el coraje que ponían cuando se levantaban al caer, era muy digno de ver y los niños, al ver el coraje de sus madres, ponían mucho empeño en sobresalir en la carrera, pues hasta dos lomas mas allá no podríamos parar. Cuando se den cuenta de la huida de las mujeres y los niños, saldrán con sus caballos y ellos galopan muy rápido. Se podría quedar en una hora las cuatro que llevamos de ventaja. Yo había inspeccionado el terreno mientras andaba detrás de ellos y lo mejor sería una vez llegar al río no cruzarlo, sino dejarnos caer en ellos y ser arrastrados por la corriente rio abajo, hacia el sur. Eran muchos kilómetros hasta llegar a alguna ciudad. Sopesé si era la mejor idea. Podrían caer muchos en el intento, sabiendo que mi mujer y mi hijo nada muy bien. No podía hacerlo, lo cruzaríamos y seguiríamos por el bosque para el norte, hasta llegar a la cordillera de los Cerezos y ver si la guardia del castillo del Conde Elnor nos protegería de estos barbaros. Tenemos que llegar al rio, lo más al norte posible y recorrer todo el camino hasta llegar al bosque que nos llevaría a través hasta las cordilleras al este para encontrar refugio en los muros del Conde. Seguimos a trompicones desde que escapamos del bosque, en el caballo viajaban tres mujeres que no podían mas y sabían que no podrían llevar mas en la loma del caballo y no se podría perder tiempo en discutir quien está peor. Todos tendríamos que salir de esta y hasta la última gota de aliento. Una mujer se quedó rezagada, se tropezaba mucho y no podía seguir, así que se tiró al suelo, pero mi hijo, que iba de escoba la levantó y la animó. Era la vecina del otro condado. Había que llegar hasta la última loma que llegaba al rio. Corrimos como pudimos. Cuando llegamos a la cima de la loma, a sorpresa nuestra, había un batallón de cincuenta hombres apostados en la vera del rio. Eran los hombres del Conde Elnor y habían caballos de los hombres de Conde Growserd así que corrimos loma abajo. Cuando nos vieron fueron por las armas y luego nos rodearon. Nos pidieron que parásemos, que nos estuviéramos quietos y que nos dijesen que queríamos. Entonces les conté. A sorpresa de ellos, estaban buscando a esos forajidos y cuando supieron que en cuestión de minutos pudieran estar encima nuestros los puso en alerta y corrieron al encuentro. Nos dejaron con cuatro hombres que nos dieron de comer. Sorbimos una sopa de pan y unos trozos de carne de cerdo, alrededor del fuego. Algunos gemidos y llantos dieron gracias, otros sonriendo y arropados al igual, se calentaban en la hoguera del caldero. 

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