Llevaba escondido unas horas, cuando
ya me había alejado lo suficiente como para que no supiesen por donde
cabalgaba. Había tenido que huir. Mientras estaba absorto barriendo los caminos
que el sabio recomendó que limpiase, vi como se acercaban diez o doce jinetes,
asaltando la casa por detrás y cargando en fardos todo lo que le interesaba,
desde corderos, gallinas, conejos, todo. Fue muy rápido. Enseguida estaba
ardiendo el techo de la casa y mi mujer y mi hijo en las afueras de la casa,
arrastrados por los pelos hasta un carromato que llegó en lo que yo cogía un
caballo. Me situé en la loma de arriba, sopesando por donde pudieron venir y
mirando y observando sus movimientos, para saber por dónde pudieran ir o
dirigirse. Caminaron durante dos días hacia el este. Les seguí la huella. El
carromato pesaba mucho y dejaba prominentes surcos en los caminos enfangados
por la lluvia de anoche que duró dos horas y estuvo incesantes. Vi como se
adentraban en un bosque y pensé que allí se refugiarían. Me quedé en la entrada
del bosque y esperé unas horas. Cuando me adentré por la noche en ese bosque
con un hacha y un palo, esperaba oír algo mas, o por lo menos el jaleo del
festín y no vi fuegos ni antorchar, así que me subí al caballo y me adentré por el camino siguiendo las
huellas. Cruzaban todo el bosque hasta llegar a un valle, con un pequeño
riachuelo en su ladera y una gran montaña de fondo, por donde empieza la
cordillera de los Venerables. Me extraño que no se percatasen de mi llegada, o
si sabían que les estaba siguiendo, tampoco vi mercenarios por la linde del
bosque. Até el caballo entre unos árboles donde había pasto y me acerqué hasta
una loma situada por encima del poblado. Ya habían pasado tres horas desde que
amaneció y el revuelo del poblado empezaba a notarse. Comían cordero para
desayunar, cerdo para comer y gallinas o conejos para cenar. Estuve
observándolo durante muchos días, subsistiendo de setas y lombrices. Observé
donde tenían a mi hijo y a mi mujer. Dos jaulas situadas en uno de los lados de
la vera del rio eran donde tenían a los rehenes, en una a los niños y en otra a
las mujeres. No les interesaba guardar hombres ya que pudieran ser una molestia
en algún momento. De momento no violaron a ninguna mujer en las noches que
aguardé. Había puesto al caballo bastante alejado del camino y así me
aseguraría de que podría estar a salvo unos días, hasta ver como rescatar a los
niños y a las mujeres. En una noche en la que bebieron más de la cuenta y
fornicaron con las mujeres, vi la oportunidad de ir a por ellos. Los dos
soldados que custodiaban la puerta estaban sentados espalda con espalda
mientras dormitaban, así que cogí una lanza y los ensarté a los dos. Ya me
había visto mi hijo y alertó a los demás de que estuvieran en silencio. Mi
mujer estaba destrozada, como tanta otras y todas empezaron a salir una por una
sin hacer ruido por donde lo les dije, y luego mi hijo y los demás niños.
Salimos todos por el bosque corriendo, mientras me dirigía a recoger a mi
caballo. Corrimos durante unas horas. Teníamos tiempo hasta que amaneciese y se
dieran cuenta de sus pérdidas. De momento pasaran por lo menos cuatro horas.
Nos aventuramos hasta la salida del bosque sin parar de correr. Ellas se iban
tropezando mucho, descalzas y con los trajes rotos. El coraje que salía de sus
zancadas y el coraje que ponían cuando se levantaban al caer, era muy digno de
ver y los niños, al ver el coraje de sus madres, ponían mucho empeño en
sobresalir en la carrera, pues hasta dos lomas mas allá no podríamos parar.
Cuando se den cuenta de la huida de las mujeres y los niños, saldrán con sus
caballos y ellos galopan muy rápido. Se podría quedar en una hora las cuatro
que llevamos de ventaja. Yo había inspeccionado el terreno mientras andaba
detrás de ellos y lo mejor sería una vez llegar al río no cruzarlo, sino
dejarnos caer en ellos y ser arrastrados por la corriente rio abajo, hacia el
sur. Eran muchos kilómetros hasta llegar a alguna ciudad. Sopesé si era la
mejor idea. Podrían caer muchos en el intento, sabiendo que mi mujer y mi hijo
nada muy bien. No podía hacerlo, lo cruzaríamos y seguiríamos por el bosque
para el norte, hasta llegar a la cordillera de los Cerezos y ver si la guardia
del castillo del Conde Elnor nos protegería de estos barbaros. Tenemos que
llegar al rio, lo más al norte posible y recorrer todo el camino hasta llegar
al bosque que nos llevaría a través hasta las cordilleras al este para
encontrar refugio en los muros del Conde. Seguimos a trompicones desde que
escapamos del bosque, en el caballo viajaban tres mujeres que no podían mas y
sabían que no podrían llevar mas en la loma del caballo y no se podría perder
tiempo en discutir quien está peor. Todos tendríamos que salir de esta y hasta
la última gota de aliento. Una mujer se quedó rezagada, se tropezaba mucho y no
podía seguir, así que se tiró al suelo, pero mi hijo, que iba de escoba la
levantó y la animó. Era la vecina del otro condado. Había que llegar hasta la
última loma que llegaba al rio. Corrimos como pudimos. Cuando llegamos a la
cima de la loma, a sorpresa nuestra, había un batallón de cincuenta hombres
apostados en la vera del rio. Eran los hombres del Conde Elnor y habían caballos
de los hombres de Conde Growserd así que corrimos loma abajo. Cuando nos vieron
fueron por las armas y luego nos rodearon. Nos pidieron que parásemos, que nos
estuviéramos quietos y que nos dijesen que queríamos. Entonces les conté. A
sorpresa de ellos, estaban buscando a esos forajidos y cuando supieron que en
cuestión de minutos pudieran estar encima nuestros los puso en alerta y
corrieron al encuentro. Nos dejaron con cuatro hombres que nos dieron de comer.
Sorbimos una sopa de pan y unos trozos de carne de cerdo, alrededor del fuego.
Algunos gemidos y llantos dieron gracias, otros sonriendo y arropados al igual,
se calentaban en la hoguera del caldero.
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