martes, 28 de noviembre de 2017

LA PIRÁMIDE CONDESCENDIENTE

La pirámide condescendiente.

            Era un castillo amplio, con cuatro almenas a la entrada de sus muros, con un camino que llevaba a un portón levadizo que conectaba con una pequeña puerta en ese muro que tanta gente intentó escalar por aquel asedio que llevó al trono a don Lovasdky, convirtiéndose en rey, un duque de varios condados apoderado de las montañas. Una vez consiguió derrotar al antiguo rey Stifen, después de haberse proclamado rebelde, contaba con unos cuantos de cientos de personas y el castillo, pero lo que no imaginó el anterior rey era que llegarían a derrotarle, tomando el mando de todas las tierras y de ese castillo el rey Lovasdky. Cuando el trono fue consagrado por todos los miembros del reino, contando con el apoyo de los hombres del Norte, que rindieron pleitesía, y que irían acostumbrándose a las tradiciones que nosotros llevábamos, como por ejemplo, no hacer nada los domingos, y contar los días para darles fecha en un calendario.
Una vez, llevado un tiempo, cuando las tierras fueron cultivadas y hombres trabajaban para él, con todo su reinado no tenía otro consuelo que buscar esposa, y buscaba a su amor de la infancia, Bessiel. Ella vivía en el otro extremo del reinado, ya que los padres de el no querían que estuviese cerca de una mercader de verduras. Habían buscado para él una joven del Este que tenía muchos arriendos e impuestos por parte de sus padres. Una muchacha jovial y atrevida, que supo hacer reír a nuestro rey la tarde en la que se conocieron. Ella había soltado una injuria, había dicho “joder” cuando al acercarse tropezó con una mesa y él se sintió avergonzado, se sintió avergonzado hasta del perro que se rascaba las pulgas, cortando su rascadera por una sacudida de orejas. El día que se conocieron, en una visita concertada al palacio, estuvieron bastante tiempo juntos y él pensaba en que Bessiel podía estar en su lugar, solo tenía que decirlo y proponerlo. Decírselo a sus padres ya lo había intentado, pero ellos se opusieron firmemente. El padre le había dicho que contratara los servicios en la corte de la muchacha una vez se hubiese casado con Kineia. A él no le pareció mal la idea, así que decidió casarse y de lo cual tuvieron tres hijos, un varón, el primogénito, y dos hembras, las sucesoras al trono. Él se sentía dolido, pues no esperaba que fuese así la relación que tenía con Bessiel. Ella sabía que yo no debía de tener dos mujeres, pero yo le había dicho que únicamente me acostaba con Kineia dos veces al mes, cuando ella me decía para poder concebir. Kineia no tenía claro que le quisiese de verdad, aunque le pasaba casi lo mismo, diferenciando que el amante de la muchacha fue hallado muerto en la entrada a una taberna de la ciudad de Tasthem. Ella imaginó que se habría metido en líos y lo apuñalaron, no que no imagino fuese que dos sicarios le clavaron cada uno una daga de treinta centímetros de hoja estrecha que laminó los costados, cortando las costillas como mantequilla con semejante apretón en los hombros que rebanó el cuerpo del muchacho. Mandados por el padre de la amante de este, su vida terminó después de ganar unas monedas en una partida de dados, después de tomarse unas cervezas fuertes con algunos de la taberna. Ella se sintió muy dolida y solo le quedaba el amor que su padre le proponía. Casarse con el rey Lovasdky era lo mejor que le podía pasar, a ella y a cualquier muchacha que mirase su talante, honesto, apuesto y humilde, cualidades poco acentuadas en un rey, y de modales estupendos. Un buen partido para cualquier moza de la región.
Con los años, Bessiel fue perdiendo el cariño hacía Lovasky. Ellos se habían conocido una tarde que celebraban la fiesta de la Cruz, en la que los mercados estaban a rebosar y él acompañado de su fiel amigo Dem, se fugaron por los callejones que ellos cruzaban por la mañana para ir a la escuela, dirigiéndose hacia los titiriteros que actuaban esa tarde. El solo quería ir a chinchar a los chicos pues conocía la historia, ya que se la habían contado la tarde anterior en el palacio, en una de las salas de la parte inferior, que acompañada de la luz de las velas, al caer la noche, los titiriteros hablaron de dragones y princesas. Cuando empezaron los representantes a mover los hijos, el muchacho se percató de que la historia había cambiado. Se quedó expectante hasta que oyó en la representación que había un rey gordo y bonachón, con su esposa y su único hijo…él pensó que estaban hablando de ellos, de su familia. Fue entonces cuando Bessiel le cogió de la mano y le dijo −Tranquilo, seguro que el cuento acaba bien.− Desde ese día se veían a escondidas por entre los callejones y por la tarde se iban al recodo del rio, donde la corriente empieza a coger fuerza y retoma varios tramos, saltando de uno a otro hasta cruzar al otro lado y llegar al claro del roble, donde podrían estar hasta casi la hora de cenar. Se sentaban uno al lado del otro y él le pedía que le cogiese la mano otra vez y le repitiera lo que ella dijo esa vez. Luego hablaban de sus cosas. Ya conocían toda la familia de cada uno, hasta algunos primos de ella y de él. Luego se miraban. El primer beso se lo dieron después de casi tres recordando las primeras palabras, cuando retomaron una tarde un espectáculo de titiriteros con un cuento de un príncipe que se casaba con quien él quería y lucharía contra muchos valores que describían los titiriteros en el transcurso de las largas hazañas del rey, su reina y su príncipe.
Bessiel había tenido dos hijos. Un chicho y una chica. Se diferenciaban por tres años. Cuando Gerar tenía veinte Brite tenía diecisiete. La relación con Lovasdky se enfrió hasta tal punto que ya ni se veían, él con sus viajes y la abrumadora responsabilidad de ser rey y no salir para verla ni llamarla para quedar. Se veían en la sacristía de la iglesia y tenía hasta las siete cuando empezaba el oficio, pues daban la misa todos los días a esa hora y por la mañana. Allí se veían clandestinamente y solo lo sabía el párroco, que bajo secreto de confesión expiaba todos los pecados de estos pobre pecadores. Con los años quedaban y tomaban vino. Esta vez, quedaron después del oficio, así que estarían toda la noche juntos. Tomaron vino y comieron carne asada y luego, preparó con unas pieles un suelo confortable para dormir y tumbarse, con una gran capa de lana que abrigaría los dos cuerpos mientras yacían tendidos delante de la imagen de un crucifico. Cuando terminaron la noche, antes de salir pues a las seis había oficio, tendrían que despedirse con un hasta pronto.
−He decidido que Brite se case con el señor Roldano. Se que tiene unos cuantos años más que ella, pero nos puede salvar de la quiebra. Ahora que empezamos una guerra.− Dijo con solemnidad.
−No puedes hacer eso. Es tu hija. Y ya ves lo que piensa sobre eso. Tu mismo me lo has dicho y ellos lo saben. Todas las tardes le cuento historias de su padre que se enamoró perdidamente de una mujer cuando tan solo eran unos críos. Les habla del valor al amor y de afrontarlo tal y como mejor sea. Pero yo no decidí esto y si de verdad te llevas a Brite yo me iré otra vez al negocio de mis padres.
−Ya lo he decidido y está hablado. Este domingo se presentará en sociedad como mujer del señor Roldano.
Estaba consternada y no sabía que hacer, cuando miró a los ojos de Lovasdky y vio al hombre rudo y cabezota, por pensar que no somos como niños hemos de perder valores que nos hacen fuerte en el afecto y el cariño, ya que la ternura que evocaban sus ojos hace años que se perdió, desde que empezó a enfrentarse en las batallas con cientos de hombres derrotados por su espada, la mejor de todas las que se conozcan. Para él, ahora eran minucias esas cuestiones ya que pensar en el reino y en cómo lo fortalece está por encima del cariño y el afecto. Aunque era muy afectuoso con su mujer y la respetaba mucho, ella sabía de sus amores con Bessiel y siempre le permitió todo, incluso que tuviesen hijos. El sucesor al trono era su hijo y el hijo de Bessiel era el segundo heredero, así que no tendría problemas, pues no se levantarían en armas ya que era cuestión de Bessiel el que mantuviesen en secreto, incluso que sus hijos debían de decir cuando le preguntase quien era el padre y contestarían que eran hijos de un mozo de cuadras, que de una coz en la cabeza perdió la vida en una tarde en la que ya contaba con sus dos hijos.
La vivencia de saber Kineia que no sería su hija la que desposara a ese señor sin educación, rudo, tenaz, que contaba con los dedos de las manos y que pedía grandes sumas a sus arrendatarios, se compadeció de semejante atrocidad y tenía pensado, cuando sea el nombramiento, de comentarle algo y demostrar su despecho. Un hombre poseído por un extraño concepto de maldad, si destacamos que aparte de malas costumbres y la guerra no tenía cualidades muy bien parecidas, pues gruñón y blasfemo arremetía a empujones por todos lados. La verdadera intención era lo autosuficientes que eran los campos cuando llegaban las lluvias. Enlodaban los campos con la ebullición de materia orgánica que provenía de los montes, bañando las laderas que sembraba con grano pues al secarse mantendría los campos esponjosos y llenos de nutrientes. Esa eran las verdaderas razones por las que llamaban a esos terrenos los Campos de Oro y la única verdad que se arremetería con el casamiento. Ella sabía que le esperaba algo peor pero de momento no sería así.
La muchacha se despidió de su madre. Le dio un fuerte abrazo y la colmó de esperanzas para su nueva vida. Había conseguido unas monedas vendiendo animales y con lo que tenía ahorrado podría comprar unos campos o pagar el arriendo de una hacienda para comprar unas gallinas que pongan huevos, criar unos pollos, algún cerdo con el tiempo y vivir plácidamente, pero eso no podía hacerlo sola. Había un muchacho, hijo de un armero que estaba enamorado de Brite. Ella cogió el dinero y se lo metió debajo de un refajo de la falda en la que había un bolsillo prominente, hizo un hatillo con prendas y se fue a ver a Derik. Él estaba puliendo la espada de uno de los caballeros, que le había dejado unas monedas a cambio de que le dejara la espada bien afilada. Cuando la vio se sorprendió.
−¿Sabes algo del trato? ¿Sabes algo que tenga que hacer y no quiera?− Le dijo Brite a la vez que abrazaba la espalda del muchacho. Ella, aunque un poco mas alta que él, podía estar abrazando al muchacho horas. Si el no fuera tan recatado y educado, quizás porque estaba enamorado de ella y quería hacer las cosas bien, pensaría que después de todos los intentos por quedarse a solas, solo quisiera estar mirándola y cuando se besaban eran tan dulces y apaciguadores que se embelesaban entre las caricias, sin prisas, despacio.
−¿Qué trato? ¿Qué te ordenan? ¡Qué prisas!− Hizo una pausa y la miró a los ojos. ¿Qué te ocurre? Cuéntame.
−Entonces no sabes nada.
−No. No sé de qué me hablas.
−Me tengo que ir. -Le dijo con prudencia. No se debería de enterar que sería buscada por el mismísimo rey. − He de irme lejos, a otra región, con otro rey. Tal vez cruce el mar y me vaya lejos, muy lejos. Quiero que vengas conmigo.− Ella siempre le había persuadido de viajes lejanos, pues en los libros que ella devoraba leía cantidad de cosas bonitas de otros sitios y decidió embarcarse esta vez un juego muy veraz a la aventura de una nueva vida.
-Pero yo no puedo irme así por que sí. Mis padres me buscarían, en cuestión de día darían con nosotros y si el rey ponía de su parte duraríamos día y medio.
-Lo tengo todo pensado. Le robamos la barca a Dily, con el pretexto de que están dando cerveza gratis en la taberna por un cumpleaños sería capaz de ir. Iríamos rio abajo, muy abajo. Antes de la ribera arribaremos e iríamos hacia el este, bajaríamos por el valle después de las montañas y llegaríamos al puerto de Hamdrug, donde embarcaríamos hacía una nueva aventura en otro lugar, mas al sur, que es más cálido.
−Tú estás loca, sería imposible. No sabemos en que recodo hay que parar, si nos quedamos muy cerca es capaz de que nos encuentren y es de noche, sin velas ni antorchar. Es demasiado aventurado. Además ¿Por qué te tienes que ir? ¿A dónde vas tan apresurada? Siempre has sido un misterio pero esto me supera.
−No lo entenderías y no serías capaz de ayudarme. Lo sé. Tu honor está por encima de todo y no por el amor que te diera una aventura más allá de tus propias narices.
−Pero… ¿qué vas a hacer tu sola? ¿A dónde iras? ¿Y tu madre? ¿Lo sabe?
−Vaya granuja. Y pensar que eras el amor de mi vida. Pues tengo coraje para lanzarme a esto yo sola y espero que te sea de utilidad el hablar conmigo, pues cuando te enteres vas a querer haberte aventurado a la placida compañía que únicamente te dará tranquilidad.− Le dijo con la precaución, pues su propio destino dependía de ello. Podrían enviar a alguien detrás de ella si Derik contaba su plan y podría llegar a denunciarla si sabía que se tenía que casar con el señor Roldano autorizando el reyo el enlace en cuestión.
Ella se dirigió hacia el embarcadero. Era el último que había en el rio. Estaba en la parte norte de un grupo de montañas que dejaban derretir sus copas y bajaban unos mil quinientos metros para empezar este rio, que con varios afluentes al sur se hacía mucho más hermoso. Allí estaba Dily, sentado en su barcaza con una botella de aguardiente en la mano. Cuando se acercó bebió un trago de su botella con gran esfuerzo, pues ya le estaría ardiendo en el estómago, y la miró al verla acercarse.
-Una moneda de bronce cruzar al otro lado. Una de plata llevarte hasta el próximo puerto.
-Venía a avisarte de que están dando cerveza gratis en la taberna de Cloe, por un cumpleaños y como no hay muchos celebrando se les hace pesado los dos barriles de cerveza que han comprado. – Dijo mientras sonreía con cara inocente al viejo Dily.
- Vaya, eso si es una buena noticia. ¡Pies! ¿¡Para que os quiero!?
El viejo Dily salió por el muelle rumbo a la taberna, esperando su recompensa y Brite empezó a remar rio abajo. Se mantendría en el centro de la corriente y si observaba alguna piedra esperaría que no le alcanzase, aunque por ese rio nunca se había visto que tuviera muchas. Sin saber de amarres ni remos, empezó a descender por el rio. Hacia lo posible por no chocar con las orillas y encallar, de momento la casualidad había colmado sus vicisitudes aun de saber que en esta aventura había que arriesgar parte de la vida y de sus oportunidades.
Salió de la ribera al amanecer. Había llegado a un pantanal por el cual se hacía difícil caminar a pie, pero ella se remango las faldas, se quitó las botas y camino hacia el sentido opuesto a donde nacía el Sol. Al cabo de unas horas, el suelo se hacía más firme y la hierva hizo que se calzara de nuevo las botas, una vez se limpió las piernas llenas de barro con la hierva crecida y el amanecer recién llegado y pleno de rocío. Tendría que caminar mucho y tendría que darse prisa para llegar al puerto, pues cuando antes embarque antes se iría del reinado de su padre.
            A la mañana siguiente, fueron a buscar a Brite a su casa, para ser anunciada ante su esposo delante del rey. A los dos días sería anunciada en sociedad. Cuando la buscaron por todos los sitios durante horas, en los bosques, se dieron cuenta de que Dily había denunciado a una muchacha que le había robado la barca mintiéndole sobre una cerveza regalada. Sospecharon que se fue rio abajo. Cuando Derik habló con el rey a petición suya diciendo que tenía información sobre la huida, acepto hablar con él. Derik le pidió que un hombre y el cogieran un caballo y fuéramos a preguntar al puerto de Hamdrug si había alguna chica que embarcase con la descripción. Cuando partieron al rato, solo llevaron unas monedas para el viaje y algo de pan y tocino en las alforjas, además de algún odre de vino y otro de agua. Misteriosamente, habían desaparecido los ahorros de los padres de Derik, que no lo sabrían hasta pasado bastante tiempo.
            Cabalgaron toda la mañana y esperaban llegar al anochecer a los muelles. Durante el galope tendido que mantuvieron durante horas tenían en mente llegar lo antes posible, pero los caballos se resentían. Estaban preparados para larga travesía pero no al ritmo que los fustigaban. Pararon durante un rato para comer algo. Ya era mediodía pasado del cenit y tenían ganas de llegar al puerto. Habría mucha gente y seria costoso encontrar a una muchacha, pues si pasaba desapercibida y tapada, nadie diría nada a ella. Allí estaba castigado el robo con la pena de muerte y pegar a alguien con varios días de tortura. Si violabas a una mujer, por orden del rey, te clavaban un hierro candente. Estaría segura de momento. Una vez medio refrescados los caballos se dirigieron hacia el este, tirando un poco para el sur hasta llegar, una vez puesto el sol, a un trote moderado.
            Ella había llegado antes de que se pusiese el sol, y se había acercado al muelle. Había un barco no muy grande que transportaba especia y partía para el lejano oriente. De aquí se llevaba unas cornamentas de ciervos que trituradas tenían propiedades mágicas. Sabía que partían porque estaban desatando las amarras. Ella preguntó en alto:
            −¿Un pasaje para alguien que quiere llegar muy lejos en una aventura?
            Al asomarse por la borda un señor con bigote enhiesto y turbante mirándola con sorpresa, no fue capaz de reaccionar.
            −Puedo pagar muy bien el pasaje.− Comentó mientras corría cogiéndose la falda.− Por favor. Hasta el próximo puerto.
−¿Veo una dama en apuros? −  Dijo en un acento extranjero mezclado con el nativo− Si puedo serviros de ayuda estaré encantado. La aceptamos como pasajera. Dese prisa, el barco está a punto de zarpar. Ella entraba en el barco, subía a bordo de una aventura que pudiera llevarla lejos, si la verdadera intención era dejarla en buen puerto, pero si a lo mejor le pagaba por lo que costaba el pasaje, la dejara entrar hasta los confines del mundo.
            Los muchachos al llegar, lo primero que hicieron fue ir al muelle y preguntar si habían zarpado barcos con la marea. Habían zarpado tres, dos hacia el puerto de Valsuart y otro hacia el lejano oriente. Con el dinero que tenían sería suficiente para comprar un barco veloz y rebosar a quien iría hacia oriente, pues tan cerca no se aventuraría ahora que sabía bien quien era ella y lo que él quería. Esa noche, mientras dormía, Derek mató a los dos muchachos y los tiró a la porqueriza del vecino. Quitándole todas las pertenencias y sacando algo por los caballos de los dos muchachos que le acompañaban fue todo lo que saco de ahí. Con el dinero que tenía ahorrado de sus padres y la cantidad de los tres, podría comprar un barco. Le habían dado dinero por si tenían que embarcar y dirigirse a algún puerto. Había robado y matado y no sabía si alcanzaría a Brite, aventurándose a comprar un velero rápido, que en cuestión de días alcanzaría a ese velero oriental. Preguntó entre los dos que había visto y solo pudo alquilar uno y se llevaría un gran capital del que disponía, para dar caza a la muchacha.
            A los pocos días se vio las velas del barco que buscaban y se acercaron. Él desde la borda gritaba su nombre “Brite…Brite” y ella al reconocer la voz se estremeció y se asomó.
−Brite, sube a bordo, vamos muy al sur.
            Desde allí se dirigirían a cualquier lugar, a cualquier puerto, vender el barco e irse lejos, donde no sean molestados y saber que el amor y la aventura van de la mano, como dos apasionados jóvenes que buscan la manera de hacerse con su tiempo, regalándose la presencia como humanos lejos de donde se criaron, aprendiendo culturas nuevas, idiomas, leyes y muchas costumbres. Tenían pensado ir hacia algún sitio, donde los castillos terminen en pico con solo cuatro lados y en vez de vivir allí descansarán eternamente, como leyó Brite en uno de los pasajes de algún libro de geografía, que fue lo que él le pregunto cuando después de abrazarla fuertemente mirándola a los ojos y contemplando toda su belleza la besó.


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