Una vez dijo un sabio, que la vida es lo que hace posible entendernos, en
cualquier lenguaje y en cualquier idioma. Yo le comenté que la sabiduría es
fundamental para el entendimiento y lo cual hace posible la vida. Le dije lo
que se hace la vida posible cuando hablamos el mismo idioma, y lo que
aprendamos de cada uno es la certeza de sentirnos sabios. Él contesto que quien
empieza el camino es el buscador, pues quien recorre caminos a su entender sabe
que cada cual es libre de elegir que camino seguir. Yo me quedé pensando, en
qué podría hacer el hombre más allá de lo que hace posible en la vida. Ahora
buscamos que saber o que aprender, y antes queríamos saber adónde llegar en el
recorrido más corto. Aquí se siembra y es el mejor trayecto y lo fundamental en
los campos que pudiéramos encontrar serian labrados para poner la semilla y dar
un poco de vida a nuestros vientres, siguiendo el ciclo que nos envuelve en el
mismo instante a cada uno, en el ciclo de estos tiempos que marca el mismo
momento para todos. Ahora, entre hojarascas mustia y lodo de las barricadas el
tiempo no cuenta para detrás, solo mira para adelante, dando gracias por
sentirnos dignos, de seguir un día más en la vida, pues son tiempos difíciles
ya que los más viejos tienen sesenta y no pasan de los setenta. Los ancianos
llevan una vida digna en los hombros de trabajo y dedicación, para labrar en
las tierras y el fruto de nuestro trabajo es el más preciado bienestar, pero
con poca vida entre unas generaciones y otras, que no dan otra cosa que fruto
en sus campos y vida alrededor, contando cada año como lo más sagrado, para
hacer que cada uno sea más fuerte, en un rito que dejaba a los niños
concienciados con valores que sus padres fortificaban cada día.
En cada sendero había un trozo de
la penuria que nos embriagaba con su hedor. Eran de un bando o de otro. Cuando
cayeron a cientos en cada fosa, no pensamos ni mi mujer ni yo, que cayeran
tantas personas y animales y solo quedaran unos veinte caballos para acabar con
dos generales que huyeron entre los troncos de los cedros. Antes de saber que
hacer con los restos mortales, tendríamos que ver como incinerarlos o
enterrarlos. Se fueron sacando de los campos y de las zanjas y quienes se podían
quemar arderían en la loma, después de cortar cedros para su crematorio.
Cogimos caballos y los pusimos a trozos o desmembrados en los campos y en los
huertos, y a los dueños que ya no podían decir nada quemaríamos o enterraríamos
en la loma, entre el campo de cedros. Entre las zanjas peladas de los campos,
se veía venir la vida, repleta de misterios y acertijos, pruebas que vas
superando con la propia paciencia de la experiencia. Mas tarde retiramos los
huesos, mientras se fueron nutriendo los campos de los restos llenos de vida,
en trozos plenos de alimento para bestias muy pequeñas y para pequeños seres
que nos acompañan a la salud, pues esperamos en unos quince días el hedor
propio de la carne hecha jirones, que con sus restos abonan terrenos de los
cuales comeremos después y seguirá siendo el hecho que nos revela la intención
de seguir entre los pasos de esos espíritus que en la vida, sin contar con los
duendes que habitan en la noche, sin
querer se les oía, pues era muy tarde cuando escuchábamos remedar a los
pequeños seres, con su voz cantarína y aguda, canciones de los juglares,
acertadas en un momento sesgado por los segundos que con las palabras de un
sabio, esta vez con su voz sensata, sosegada y vibrante, pudiéndonos
transformar en seres más terribles o más terroríficos, o quizás, la libertad de
dejarnos con los pensamientos que nos evoque, relajaríamos muchos músculos para
estar tranquilo, y afuera el propio hacedor de ideas es el que debiera de
escoger, pero el susurro en el sueño que recuerdas por tu don, hace posible que
el recuerdo de esa memoria prodigiosa, acierte cuando entre sus palabras a la
montaña, pusiera a prueba a un sabio caminante.
Las últimas veces que pensamos en dejar todos los campos tapados, de lo
que yo recuerdo de ese pasado verano, cálido y húmedo, llenamos de hojarasca y
ramas de lo podado en los cedros, que una vez transportado tapó todos los
cuerpos de caballo que movimos desde el llano. A la vera del rio, dos curvas
mas arriba se va muy bien en carromato y también se consigue mucha agua con la
ayuda de un burro. Busqué un poco de tiempo compartido en silencio con todo el
terreno que estaba lleno de moscas, sin saber que sería para mí la perdición,
pues atacaban a las personas si no estabas impregnado de hojas de eucalipto, ya
que las moscas no lo soportan. Me quedé sentado mirando todo el espectáculo
cenizo de enjambres, que por la tarde parecían calmarse un poco. Me levanté y
maldije ese momento, pues era una experiencia mas, propiamente con un fin y una
idea, que por las circunstancias adopte y seguro que si vuelve a pasar tampoco
lo volvería a hacer, esperando que las propias consecuencias que la naturaleza
sostuvo, nos diera gracias por la vida después de esa tormenta de horas de agua
y viento y los insectos se marchándose o disipándose entre los campos. No
volvieron a aparecer en todo el invierno. De haber pasado unas semanas mas sin
agua, los bichos hubieran picado mucho al ganado, aunque quedaba poco, pero las
cabras no comen eucalipto y las bañamos con agua hervida en hojas frescas,
pero ya quedan pocas. Intentaba tenerlos
limpios, y cuando llegaron los caballos los frotaba con hojas de eucalipto,
cuando los metíamos por los rediles fuertemente construidos. Gracias a que
menguaron mucho los insectos mordedores después de las primeras lluvias de
otoño, todos lo agradecimos en el día de Navidad, brindando con buena cerveza
enfriada con hielo traído de la montaña. Cuando me contaron el secreto de la
transformación del insecto me espeluzné, pero entendí que ese proceso del
gusano dentro del organismo podría hacer mucho daño y me espeluzné aún mucho
más. Me pidieron que en esos campos echara lombrices que encontraría en la
curva del río que está mas abajo, en el campo de las ranas, en uno de los charcos,
allí hay muchas y podrás ir cogiendo para rociar los campos de ellas y
llenarlos de esas pequeñas lombrices para que aparezcan las moscas soldado que
se alimentan de las larvas que dejan los insectos que vinieron con los restos
de la vida que hay en un retén y dos caballerizas, siendo pasto de la muerte
todo aquel que estaba en esa carnicería y la matanza de más de un centenar de caballos.
“Quien pusiera entre los amigos la
distancia, donde habría algún trozo de esperanza en nutrir la esencia de la
vida, en el apogeo de las voces hacían canciones de veladas en la hoguera, mientras
la guardia repartía las flechas de punta envenenada para cruzar el llano y
enfrentarse al destino la mañana siguiente.”
- “Es lo conocido” – pensé imaginando, evocando la presencia del sabio.
Busqué cómo decirle algo más y el me paro quitándose las gafas negras y mirándome
desde donde estuviese. Mi pensamiento solo duró un segundo y me vi surcando la
eternidad que me embebía desde la mirada más sabia y necesaria. En ese momento,
lo único que podía pensar, diciéndome con paciencia todo lo que me hacía falta,
en una de las palabras que me dijo por aquellos días, puse mis reflexiones: quien
no mira el suelo no ve las piedras, pero puedes sentir las piedras; ve descalzo
y notaras mejor por donde pisas, pues la propia necesidad de caminar te salvara
por todos los caminos precisos que recorrerás, por tus propias sendas en las
que darás más sentido a tus momentos, a los momentos únicos que te dan valor
cuando los compartes. Esas formas raras de ver emociones envueltas en un
silencio que parece eterno, nos da bendiciones si calmamos las ansias. Esas
formas de ver los recelos sembrados entre el ganado hambriento y bocas que
saciar, el hambre ya no era apetito, sino de voracidad, siendo cruelmente
sacrificados por los soldados que arrasaron con todo. Eran los del bando
contrario al que yo debía de servir y se cargaron todo lo que encontraron. Eso
de respetar no lo tenían muy claro y querían hacer algo mas que acobardar a una
familia, y en busca de la paz, hicieron que tu eligieras. Te dan la posibilidad
de vivir o de morir, o entre aquellos que te dejan llevar un arado, hablar en
voz alta y pensar y surcar los caminos andando o a lomos de una bestia y dieras
todo el valor para cultivar mucho o poco para nosotros. Aquellos que te lo
quitan todo y que no te matan, aquellos que no te descuartizan porque esperan
que tu hijo sea lo suficientemente grande para ver la muerte de su familia,
degollados o troceados por espedazados para luego ser raptado y seguir como
mercenario con el paso de los años, siendo parte del juego, cuando nos vemos
envueltos en un jaleo. Ahora nos dejarán en paz, pagando de lo que coseche un
tributo, pero muy pequeño. Hay un montón de aldeas que viven por los
alrededores y el castillo del rey triunfador está a tres días, así que como
habrá un conde a medio día de aquí le serviríamos a él y asistiríamos a la
iglesia mas cercana, donde se oirá la prenda de esa semana, y así no tendrás
problemas con los tributos. Nuestra iglesia o a la que pertenecíamos, estaba a
nueve horas, y había que estar a las doce del mediodía para rendir homenaje a
nuestro Dios. De todas formas se esperaba que perdiesen pues eran muchos menos
y menos caballos, con un capitán en la loma, sin saber que detrás ya se han
plegado batallones.
- He de dar vueltas y vueltas y
usted, que me ve hablar entre las montañas, a solas, imitando a un señor que lo
hacía, preguntando y contestando con la misma sensación que el pensamiento,
haciéndome fuerte mientras aprendo de lo que usted en su momento me comentó
entre los recuerdos que me hacía ver de libros que en su momento aprendí de mis
padres. – Fue una de las cosas que decía mientras caminaba y me inducia en una
sucesión de condicionantes para llegar a comprenderme un poco mas y poder hacer
de mí mismo una gran versión.
Encontré mucha gente entre mis días, entre mis noches, entre los bosques
y entre las ciudades, cuando en mi casa apareció este sabio y entre los surcos
fue sembrando una pequeña semilla redonda y negra, como la de una cabeza de
alfiler, que en pocas semanas, con el riego de unos días, unos brotes salían de
allí. De lo que plantó ese señor nacieron bastantes plantas y me dieron doce
fanegas casi sin esfuerzo. Me hizo recordar que buscara la mejor versión de mí
mismo, para contemplar la razón por la que habitar entre las estrellas, para
dar concepto de la ilustración de los propios mensajes que hacen posible el
entendimiento. Yo comprendía a aquel señor pero por qué tenía que esperar para
recoger los brotes en pequeños capullos verdes y darle uno a mi mujer durante
cada noche en la cosecha y guarda unas pocas semillas para que vayan
sembrándose después del arado.
A los pocos años, después de plantar y recoger tres cosechas por año, en
unas nueve cosechas, las semillas empezaron a pedir de la tierra y había que
abonar. Entonces estalló la batalla, cerca del campo de los cedros. Los forajidos
habían hecho trincheras camufladas. Por aquellos días encontré silencio en el
cobertizo, mientras los generales huían en sus caballos todo terreno, pues solo
ellos conocían el bosque de los cedros por varias exploraciones del terreno
antes de la batalla. Me pidieron que me uniera a la batalla pero no estaba para
luchas pues debería seguir cuidando las tierras del sabio, ya que esos terrenos
le pertenecen y según los ganadores de la cruel batalla no debíamos de correr
riesgo alguno. De allí, de los cedros, cogí ingentes cantidades de hojarasca y
empecé a abonar con la capa de vida que se creó por el otoño. Recolecté durante
tres meses suficiente abono para todos mis terrenos que darían fruto durante
más de tres años, pudiendo segar todo lo nuevo que crezca entre los cedros,
donde muchos cuerpos perecieron en una batalla sangrienta. Duró como unas cinco
horas y fue al amanecer, sin antorchar así la batalla transcurrió y no atacaron
con fuego. Fue una lucha cuerpo a cuerpo entre lanceros y caballos, espadas y
dagas veloces.
Este sabio me pidió de fuera al campo y cogiera a los siete primeros que
pudieran sobrevivir, que pudieran estar vivos y conseguí a siete hombres
heridos en los brazos, piernas o cuello, y eran tres de un bando y cuatro del
otro. Firmamos la paz entre nosotros y si preguntaban de que bando somos, refugiaríamos
con la espada el honor de todos y unos a los otros hasta la muerte. Haciéndose
mercenarios a la paz nuestra y trabajando durante bastante tiempo en nuestros
campos, entre labranzas y martillo. Construyeron muchas caballerizas de más de
tres metros de largo, hicieron un baño seco para pasto de lombrices. También
construyeron unos cercados hermosos y criaron bestias para unos años,
capturadas dos lomas mas abajo, entre la ladera y el rio, dirigiendo la manada
por el rio y en la curva le esperaba la red. Dieciséis caballos capturados,
nueve yeguas y siete caballos y entre ellos cinco potros. Cultivaron la tierra,
arando entre cinco y rascando el suelo desde lo más profundo que pudiesen, en
una tierra que necesitaba ser removida y aireada. Se quedaron mas de nueve años,
ya que aquí, después de la batalla, no había enemigos. Estábamos solos, mi
hijo, mi mujer y yo, y nos repartíamos pequeñas tareas, y la ayuda de estos
siete señores fue muy agradecida ya que cuidé sus heridas y les di alimento del
que tenía escondido, guardado en las laderas mientras mataban al ganado y
arrasaban con el huerto los del bando perdedor. Estos hombres también se
aficionaron a quitarse el dolor, con la leche de la amapola que mi mujer
preparaba, y mientras se recuperaban llegaron a animarse hasta el punto de
cantar e intentar bailar, riendo en las veladas a la vez que nos
despreocupábamos de la guerra, agradeciéndonos unos a otros el estar vivos y en
paz.
Desde que ese sabio me pidió que cosechara más de 20 fanegas por año, me
preocupaba no poder llegar a esa cantidad, dando gracias ahora porque
tendríamos abono suficiente para unos años, así que la producción se daría y yo
estaría mas tranquilo. Cuando vino el sabio por última vez a mis tierras, al no
saber contemplar en sus ojos la mirada que me transportaba a la inmensidad del
universo, hizo que la propia hazaña fuera saber verdaderamente lo que me decía
la eternidad. Este sabio, al discernir, acertaba retozando, y se podía
contemplar en sus ojos esa intención que quería que viese, con ese brillo que deslumbra
hasta lo más profundo, dando sentido a mi confusión y a mi perplejidad, para
entender que estaba a sus órdenes. Saber de verdad qué sería si decidiera dejar
de plantar esas amapolas era lo que hacía que pensase mas de la cuenta pues
intentaba buscarle una solución y lo que encontraba como verdad y simplemente
era el yugo que tendría que llevar por el resto de mis días. En este caso
tendría que ser esclavo y hacer caso a quien manda, sin creer que importa. Su
malvado pensamiento era más fuerte que la poca doctrina recibida de mi cultura,
sumido por la ignorancia por un sabio que se le ocurrió sembrar en mis campos
esas plantas, que eran flores de amapola blanca, donde su fruto y su jugo
embriagan mucho, quitándote los dolores que puedas tener si la ingieres, siendo
muy adictivo. Su sufrida su abstinencia provoca dores más fuerte, siendo la
única manera de quitar su dependencia dando bajas dosis progresivamente,
durante unos tres o cuatro meses. Yo llevaba dándole a mi mujer un fruto de
amapola durante tres años, cada noche. Ese fruto de amapola blanca le embriaga
al principio, le hacía olvidar después y cuando no te la tomas tenía dolores
muy fuertes en el vientre y en la cabeza. Así que ahora soy yo el que me labro
mi camino y voy y vengo por el mismo sendero y surco a la vez, para hablar
entre estas tierras a la montaña.
Para encontrar a gente en esta tierra y posiblemente para encontrar en
ellos otra vez el camino de regreso, esta vez estará mas abonado en la vida que
pasó y encontró un poco de sabiduría con los sentidos que le damos al
entendimiento. Solo haría falta ir y caminar por muchos sitios y ver quien
pudiera ayudarme, y por eso sigue en la realidad de mis pensamientos, rehaciendo
las cordialidades que encontremos en cada sendero, cada sendero que debía de
barrer con la escoba que me elaboró el sabio. Debía de quitar todas las piedras
que hubiese en esos caminos, empezando por los de mis huertas y caminos de
alrededores, saliendo desde la puerta de mi casa en una dirección u otra. Debía
de espantar los malos espíritus que habitaban por las colinas, sin entender que
debía hacer lo mismo después de la batalla, esperando que se fuesen todos los
que alrededor terminaron con su vida, sufriendo o no y saliendo de la esencia
divina de la vida, para llegar un poco al infierno y otro poco a las estrellas,
y aquí en la tierra, recuerda el espacio que habitaba en ese momento, la morada
de la dualidad que refleja la vida y la muerte, hasta los confines de la
puerta, donde se perpetra el intercambio de valores y de emociones, que te hacen
fuerte para entender que muchas puertas así en unas lomas, zanjas y laderas de
tantas personas que fallecieron, dificultaría la habilidad de caminar por
caminos donde al barrerlas quitarían con la escoba mágica los posibles
moradores de los caminos y caminantes podrán pasar sin miedo a perder la cabeza,
pues las piedras del camino han sido barridas y las energías del tiempo
empolvadas con la tierra del camino, dejando que se esparciese con el tiempo
cada parte de ese alma que alienta la vida pero transformado su contenido, y
dando gracias que su intercambio se diera en la verdadera razón por la que
luchar cuando la dignidad nos enfrenta con el pudor, y la envidia con el
entrecejo bajo, la certeza con la cabeza alta y la penuria con los pies
gastados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario