lunes, 4 de septiembre de 2017

LA MALDICIÓN DE LA ESCOBA,.1

Una vez dijo un sabio, que la vida es lo que hace posible entendernos, en cualquier lenguaje y en cualquier idioma. Yo le comenté que la sabiduría es fundamental para el entendimiento y lo cual hace posible la vida. Le dije lo que se hace la vida posible cuando hablamos el mismo idioma, y lo que aprendamos de cada uno es la certeza de sentirnos sabios. Él contesto que quien empieza el camino es el buscador, pues quien recorre caminos a su entender sabe que cada cual es libre de elegir que camino seguir. Yo me quedé pensando, en qué podría hacer el hombre más allá de lo que hace posible en la vida. Ahora buscamos que saber o que aprender, y antes queríamos saber adónde llegar en el recorrido más corto. Aquí se siembra y es el mejor trayecto y lo fundamental en los campos que pudiéramos encontrar serian labrados para poner la semilla y dar un poco de vida a nuestros vientres, siguiendo el ciclo que nos envuelve en el mismo instante a cada uno, en el ciclo de estos tiempos que marca el mismo momento para todos. Ahora, entre hojarascas mustia y lodo de las barricadas el tiempo no cuenta para detrás, solo mira para adelante, dando gracias por sentirnos dignos, de seguir un día más en la vida, pues son tiempos difíciles ya que los más viejos tienen sesenta y no pasan de los setenta. Los ancianos llevan una vida digna en los hombros de trabajo y dedicación, para labrar en las tierras y el fruto de nuestro trabajo es el más preciado bienestar, pero con poca vida entre unas generaciones y otras, que no dan otra cosa que fruto en sus campos y vida alrededor, contando cada año como lo más sagrado, para hacer que cada uno sea más fuerte, en un rito que dejaba a los niños concienciados con valores que sus padres fortificaban cada día.
 En cada sendero había un trozo de la penuria que nos embriagaba con su hedor. Eran de un bando o de otro. Cuando cayeron a cientos en cada fosa, no pensamos ni mi mujer ni yo, que cayeran tantas personas y animales y solo quedaran unos veinte caballos para acabar con dos generales que huyeron entre los troncos de los cedros. Antes de saber que hacer con los restos mortales, tendríamos que ver como incinerarlos o enterrarlos. Se fueron sacando de los campos y de las zanjas y quienes se podían quemar arderían en la loma, después de cortar cedros para su crematorio. Cogimos caballos y los pusimos a trozos o desmembrados en los campos y en los huertos, y a los dueños que ya no podían decir nada quemaríamos o enterraríamos en la loma, entre el campo de cedros. Entre las zanjas peladas de los campos, se veía venir la vida, repleta de misterios y acertijos, pruebas que vas superando con la propia paciencia de la experiencia. Mas tarde retiramos los huesos, mientras se fueron nutriendo los campos de los restos llenos de vida, en trozos plenos de alimento para bestias muy pequeñas y para pequeños seres que nos acompañan a la salud, pues esperamos en unos quince días el hedor propio de la carne hecha jirones, que con sus restos abonan terrenos de los cuales comeremos después y seguirá siendo el hecho que nos revela la intención de seguir entre los pasos de esos espíritus que en la vida, sin contar con los duendes que habitan en la noche,  sin querer se les oía, pues era muy tarde cuando escuchábamos remedar a los pequeños seres, con su voz cantarína y aguda, canciones de los juglares, acertadas en un momento sesgado por los segundos que con las palabras de un sabio, esta vez con su voz sensata, sosegada y vibrante, pudiéndonos transformar en seres más terribles o más terroríficos, o quizás, la libertad de dejarnos con los pensamientos que nos evoque, relajaríamos muchos músculos para estar tranquilo, y afuera el propio hacedor de ideas es el que debiera de escoger, pero el susurro en el sueño que recuerdas por tu don, hace posible que el recuerdo de esa memoria prodigiosa, acierte cuando entre sus palabras a la montaña, pusiera a prueba a un sabio caminante.
Las últimas veces que pensamos en dejar todos los campos tapados, de lo que yo recuerdo de ese pasado verano, cálido y húmedo, llenamos de hojarasca y ramas de lo podado en los cedros, que una vez transportado tapó todos los cuerpos de caballo que movimos desde el llano. A la vera del rio, dos curvas mas arriba se va muy bien en carromato y también se consigue mucha agua con la ayuda de un burro. Busqué un poco de tiempo compartido en silencio con todo el terreno que estaba lleno de moscas, sin saber que sería para mí la perdición, pues atacaban a las personas si no estabas impregnado de hojas de eucalipto, ya que las moscas no lo soportan. Me quedé sentado mirando todo el espectáculo cenizo de enjambres, que por la tarde parecían calmarse un poco. Me levanté y maldije ese momento, pues era una experiencia mas, propiamente con un fin y una idea, que por las circunstancias adopte y seguro que si vuelve a pasar tampoco lo volvería a hacer, esperando que las propias consecuencias que la naturaleza sostuvo, nos diera gracias por la vida después de esa tormenta de horas de agua y viento y los insectos se marchándose o disipándose entre los campos. No volvieron a aparecer en todo el invierno. De haber pasado unas semanas mas sin agua, los bichos hubieran picado mucho al ganado, aunque quedaba poco, pero las cabras no comen eucalipto y las bañamos con agua hervida en hojas frescas, pero  ya quedan pocas. Intentaba tenerlos limpios, y cuando llegaron los caballos los frotaba con hojas de eucalipto, cuando los metíamos por los rediles fuertemente construidos. Gracias a que menguaron mucho los insectos mordedores después de las primeras lluvias de otoño, todos lo agradecimos en el día de Navidad, brindando con buena cerveza enfriada con hielo traído de la montaña. Cuando me contaron el secreto de la transformación del insecto me espeluzné, pero entendí que ese proceso del gusano dentro del organismo podría hacer mucho daño y me espeluzné aún mucho más. Me pidieron que en esos campos echara lombrices que encontraría en la curva del río que está mas abajo, en el campo de las ranas, en uno de los charcos, allí hay muchas y podrás ir cogiendo para rociar los campos de ellas y llenarlos de esas pequeñas lombrices para que aparezcan las moscas soldado que se alimentan de las larvas que dejan los insectos que vinieron con los restos de la vida que hay en un retén y dos caballerizas, siendo pasto de la muerte todo aquel que estaba en esa carnicería y  la matanza de más de un centenar de caballos.
“Quien pusiera entre los amigos la distancia, donde habría algún trozo de esperanza en nutrir la esencia de la vida, en el apogeo de las voces hacían canciones de veladas en la hoguera, mientras la guardia repartía las flechas de punta envenenada para cruzar el llano y enfrentarse al destino la mañana siguiente.”
- “Es lo conocido” – pensé imaginando, evocando la presencia del sabio. Busqué cómo decirle algo más y el me paro quitándose las gafas negras y mirándome desde donde estuviese. Mi pensamiento solo duró un segundo y me vi surcando la eternidad que me embebía desde la mirada más sabia y necesaria. En ese momento, lo único que podía pensar, diciéndome con paciencia todo lo que me hacía falta, en una de las palabras que me dijo por aquellos días, puse mis reflexiones: quien no mira el suelo no ve las piedras, pero puedes sentir las piedras; ve descalzo y notaras mejor por donde pisas, pues la propia necesidad de caminar te salvara por todos los caminos precisos que recorrerás, por tus propias sendas en las que darás más sentido a tus momentos, a los momentos únicos que te dan valor cuando los compartes. Esas formas raras de ver emociones envueltas en un silencio que parece eterno, nos da bendiciones si calmamos las ansias. Esas formas de ver los recelos sembrados entre el ganado hambriento y bocas que saciar, el hambre ya no era apetito, sino de voracidad, siendo cruelmente sacrificados por los soldados que arrasaron con todo. Eran los del bando contrario al que yo debía de servir y se cargaron todo lo que encontraron. Eso de respetar no lo tenían muy claro y querían hacer algo mas que acobardar a una familia, y en busca de la paz, hicieron que tu eligieras. Te dan la posibilidad de vivir o de morir, o entre aquellos que te dejan llevar un arado, hablar en voz alta y pensar y surcar los caminos andando o a lomos de una bestia y dieras todo el valor para cultivar mucho o poco para nosotros. Aquellos que te lo quitan todo y que no te matan, aquellos que no te descuartizan porque esperan que tu hijo sea lo suficientemente grande para ver la muerte de su familia, degollados o troceados por espedazados para luego ser raptado y seguir como mercenario con el paso de los años, siendo parte del juego, cuando nos vemos envueltos en un jaleo. Ahora nos dejarán en paz, pagando de lo que coseche un tributo, pero muy pequeño. Hay un montón de aldeas que viven por los alrededores y el castillo del rey triunfador está a tres días, así que como habrá un conde a medio día de aquí le serviríamos a él y asistiríamos a la iglesia mas cercana, donde se oirá la prenda de esa semana, y así no tendrás problemas con los tributos. Nuestra iglesia o a la que pertenecíamos, estaba a nueve horas, y había que estar a las doce del mediodía para rendir homenaje a nuestro Dios. De todas formas se esperaba que perdiesen pues eran muchos menos y menos caballos, con un capitán en la loma, sin saber que detrás ya se han plegado batallones.
 - He de dar vueltas y vueltas y usted, que me ve hablar entre las montañas, a solas, imitando a un señor que lo hacía, preguntando y contestando con la misma sensación que el pensamiento, haciéndome fuerte mientras aprendo de lo que usted en su momento me comentó entre los recuerdos que me hacía ver de libros que en su momento aprendí de mis padres. – Fue una de las cosas que decía mientras caminaba y me inducia en una sucesión de condicionantes para llegar a comprenderme un poco mas y poder hacer de mí mismo una gran versión.
Encontré mucha gente entre mis días, entre mis noches, entre los bosques y entre las ciudades, cuando en mi casa apareció este sabio y entre los surcos fue sembrando una pequeña semilla redonda y negra, como la de una cabeza de alfiler, que en pocas semanas, con el riego de unos días, unos brotes salían de allí. De lo que plantó ese señor nacieron bastantes plantas y me dieron doce fanegas casi sin esfuerzo. Me hizo recordar que buscara la mejor versión de mí mismo, para contemplar la razón por la que habitar entre las estrellas, para dar concepto de la ilustración de los propios mensajes que hacen posible el entendimiento. Yo comprendía a aquel señor pero por qué tenía que esperar para recoger los brotes en pequeños capullos verdes y darle uno a mi mujer durante cada noche en la cosecha y guarda unas pocas semillas para que vayan sembrándose después del arado.
A los pocos años, después de plantar y recoger tres cosechas por año, en unas nueve cosechas, las semillas empezaron a pedir de la tierra y había que abonar. Entonces estalló la batalla, cerca del campo de los cedros. Los forajidos habían hecho trincheras camufladas. Por aquellos días encontré silencio en el cobertizo, mientras los generales huían en sus caballos todo terreno, pues solo ellos conocían el bosque de los cedros por varias exploraciones del terreno antes de la batalla. Me pidieron que me uniera a la batalla pero no estaba para luchas pues debería seguir cuidando las tierras del sabio, ya que esos terrenos le pertenecen y según los ganadores de la cruel batalla no debíamos de correr riesgo alguno. De allí, de los cedros, cogí ingentes cantidades de hojarasca y empecé a abonar con la capa de vida que se creó por el otoño. Recolecté durante tres meses suficiente abono para todos mis terrenos que darían fruto durante más de tres años, pudiendo segar todo lo nuevo que crezca entre los cedros, donde muchos cuerpos perecieron en una batalla sangrienta. Duró como unas cinco horas y fue al amanecer, sin antorchar así la batalla transcurrió y no atacaron con fuego. Fue una lucha cuerpo a cuerpo entre lanceros y caballos, espadas y dagas veloces.
Este sabio me pidió de fuera al campo y cogiera a los siete primeros que pudieran sobrevivir, que pudieran estar vivos y conseguí a siete hombres heridos en los brazos, piernas o cuello, y eran tres de un bando y cuatro del otro. Firmamos la paz entre nosotros y si preguntaban de que bando somos, refugiaríamos con la espada el honor de todos y unos a los otros hasta la muerte. Haciéndose mercenarios a la paz nuestra y trabajando durante bastante tiempo en nuestros campos, entre labranzas y martillo. Construyeron muchas caballerizas de más de tres metros de largo, hicieron un baño seco para pasto de lombrices. También construyeron unos cercados hermosos y criaron bestias para unos años, capturadas dos lomas mas abajo, entre la ladera y el rio, dirigiendo la manada por el rio y en la curva le esperaba la red. Dieciséis caballos capturados, nueve yeguas y siete caballos y entre ellos cinco potros. Cultivaron la tierra, arando entre cinco y rascando el suelo desde lo más profundo que pudiesen, en una tierra que necesitaba ser removida y aireada. Se quedaron mas de nueve años, ya que aquí, después de la batalla, no había enemigos. Estábamos solos, mi hijo, mi mujer y yo, y nos repartíamos pequeñas tareas, y la ayuda de estos siete señores fue muy agradecida ya que cuidé sus heridas y les di alimento del que tenía escondido, guardado en las laderas mientras mataban al ganado y arrasaban con el huerto los del bando perdedor. Estos hombres también se aficionaron a quitarse el dolor, con la leche de la amapola que mi mujer preparaba, y mientras se recuperaban llegaron a animarse hasta el punto de cantar e intentar bailar, riendo en las veladas a la vez que nos despreocupábamos de la guerra, agradeciéndonos unos a otros el estar vivos y en paz.
Desde que ese sabio me pidió que cosechara más de 20 fanegas por año, me preocupaba no poder llegar a esa cantidad, dando gracias ahora porque tendríamos abono suficiente para unos años, así que la producción se daría y yo estaría mas tranquilo. Cuando vino el sabio por última vez a mis tierras, al no saber contemplar en sus ojos la mirada que me transportaba a la inmensidad del universo, hizo que la propia hazaña fuera saber verdaderamente lo que me decía la eternidad. Este sabio, al discernir, acertaba retozando, y se podía contemplar en sus ojos esa intención que quería que viese, con ese brillo que deslumbra hasta lo más profundo, dando sentido a mi confusión y a mi perplejidad, para entender que estaba a sus órdenes. Saber de verdad qué sería si decidiera dejar de plantar esas amapolas era lo que hacía que pensase mas de la cuenta pues intentaba buscarle una solución y lo que encontraba como verdad y simplemente era el yugo que tendría que llevar por el resto de mis días. En este caso tendría que ser esclavo y hacer caso a quien manda, sin creer que importa. Su malvado pensamiento era más fuerte que la poca doctrina recibida de mi cultura, sumido por la ignorancia por un sabio que se le ocurrió sembrar en mis campos esas plantas, que eran flores de amapola blanca, donde su fruto y su jugo embriagan mucho, quitándote los dolores que puedas tener si la ingieres, siendo muy adictivo. Su sufrida su abstinencia provoca dores más fuerte, siendo la única manera de quitar su dependencia dando bajas dosis progresivamente, durante unos tres o cuatro meses. Yo llevaba dándole a mi mujer un fruto de amapola durante tres años, cada noche. Ese fruto de amapola blanca le embriaga al principio, le hacía olvidar después y cuando no te la tomas tenía dolores muy fuertes en el vientre y en la cabeza. Así que ahora soy yo el que me labro mi camino y voy y vengo por el mismo sendero y surco a la vez, para hablar entre estas tierras a la montaña.
Para encontrar a gente en esta tierra y posiblemente para encontrar en ellos otra vez el camino de regreso, esta vez estará mas abonado en la vida que pasó y encontró un poco de sabiduría con los sentidos que le damos al entendimiento. Solo haría falta ir y caminar por muchos sitios y ver quien pudiera ayudarme, y por eso sigue en la realidad de mis pensamientos, rehaciendo las cordialidades que encontremos en cada sendero, cada sendero que debía de barrer con la escoba que me elaboró el sabio. Debía de quitar todas las piedras que hubiese en esos caminos, empezando por los de mis huertas y caminos de alrededores, saliendo desde la puerta de mi casa en una dirección u otra. Debía de espantar los malos espíritus que habitaban por las colinas, sin entender que debía hacer lo mismo después de la batalla, esperando que se fuesen todos los que alrededor terminaron con su vida, sufriendo o no y saliendo de la esencia divina de la vida, para llegar un poco al infierno y otro poco a las estrellas, y aquí en la tierra, recuerda el espacio que habitaba en ese momento, la morada de la dualidad que refleja la vida y la muerte, hasta los confines de la puerta, donde se perpetra el intercambio de valores y de emociones, que te hacen fuerte para entender que muchas puertas así en unas lomas, zanjas y laderas de tantas personas que fallecieron, dificultaría la habilidad de caminar por caminos donde al barrerlas quitarían con la escoba mágica los posibles moradores de los caminos y caminantes podrán pasar sin miedo a perder la cabeza, pues las piedras del camino han sido barridas y las energías del tiempo empolvadas con la tierra del camino, dejando que se esparciese con el tiempo cada parte de ese alma que alienta la vida pero transformado su contenido, y dando gracias que su intercambio se diera en la verdadera razón por la que luchar cuando la dignidad nos enfrenta con el pudor, y la envidia con el entrecejo bajo, la certeza con la cabeza alta y la penuria con los pies gastados.

No hay comentarios:

Publicar un comentario