OCHO HORAS
Paseábamos
por las calles de la ciudad. Éramos un grupo de siete muchachos que discurríamos
cada uno con su esencia. Mientras caminábamos permanecíamos en silencio hasta
que brotara algún recuerdo y lo hacíamos consciente, para hacer que el grupo
sea más grupo y así, compartir nuestras experiencias.
El planeta llevaba subsistiendo
del hidrógeno durante muchos siglos y ahora no hay agua, pues propulsan cohetes
hacia Marte, Júpiter u otra galaxia y el combustible es el hidrógeno. Descomponían
el agua en oxígeno e hidrógeno y utilizábamos el gas en las cocinas, estufas y
generadores de corriente eléctrica. Estábamos repletos de oxígeno y a pesar de
eso, las plantas producían mucho más oxígeno del que pudiéramos respirar, así
que los comprimían en envases para los viajes interestelares. Solo creían árboles cerca de los embalses y la lluvia
era artificial. Hace mucho que no llueve.
Las naves vuelan rápido, con una
propulsión producida por el hidrógeno. En su trayectoria hacen cálculos y
ahorran combustible, pues encienden los motores varias veces para corregir la
velocidad y ser impulsados. En los planetas de destino repostan, para volver
después de estar dos o tres meses en algún rincón de la galaxia. Gastan mucho
combustible para salir de los planetas, pero una vez en el espacio exterior, la
ausencia de gravedad hace que con unas propulsiones de vez en cuando, impulsen
la nave hasta su destino, y al alcanzar una velocidad apropiada entraban en una
de las puertas estelares. Hay varias en nuestro Sistema Solar, con destinos
lejanos, en otras galaxias o universos.
A veces se ven funcionar los
trayectores de agua de Júpiter, unas placas que se encendían y teletransportaban
agua desde el planeta. Así llevaban décadas y ya quedaba poca agua en nuestro Sistema
Solar. Grandes empresas se lanzaron al universo en la aventura de conocer, y con
el hidrógeno como combustible lograban llegar a sus destinos. Hay muchos que están
a larga distancia en otros universos. Al no llover y quedar un pequeño mar a
dispensas de ser descompuesto en oxígeno e hidrógeno teníamos mucha tierra por
la que caminar, llena de sal en algunas zonas, donde crecían unas plantas que
habían creado un ecosistema con unos pájaros que se alimentaban de sus
constantes semillas.
La ciudad es
de unos treinta mil habitantes. Era la más grande de la región. Otros pueblos
contaban con seiscientos u ochocientos habitantes. Cuando uno enfermaba lo
mandaban a pasear por los pasillos de gozo durante unas horas y allí
rejuvenecían. En los trayectos de pueblo a pueblo, al ser un ambiente tan árido
y seco, al respirar, entraba en nuestro torrente sanguíneo algunas incómodas
bacterias, que una vez hemos pasado por los pasillos se disuelven y
desaparecen.
Los jóvenes estudiábamos en
grupos de siete y experimentábamos cada uno un rol distinto. En nuestro grupo uno
tenía el rol de la sabiduría, que recibía los consejos del que hacía de maestro
que a su vez era medido por el que hacía de alegría en las expresiones. Los
otros tres se repartían la diplomacia en las consultas, la conexión con lo
sagrado y otro era la seguridad de ser valiente. Yo tengo el rol de perdonar mis
actos y los actos de los demás. Esos roles los determinábamos para hacernos con
el conocimiento universal y conectar con seres de otros planetas. Estos seres
eran estudiados por todo el grupo, pues en el instituto conectamos con el
momento preciso del aquí y ahora en las civilizaciones que andan por el
universo, captando a personas que puedan cambiar su mundo. Con la tecnología que
tenemos y el uso de los monitores era más fácil. Funcionaban con el pensamiento
y te ponía la imagen del personaje que hemos de salvar, con la energía y el
conocimiento preciso, y a la vez que proyectábamos la luz azul aparecía la
solución a un problema determinante en la historia de esa civilización.
Los pasillos de gozo de la
ciudadela eran unos conductos semicirculares de unos cuatro metros de alto por
doce de ancho, con cristaleras, que rodeaban la ciudad en un círculo y con
puertas repartidas coincidiendo con las calles de la ciudadela. Por la parte
exterior daban a jardines llenos de plantas exóticas comestibles, arbustos
frutales y unos pocos de bebederos de los animales que rondan por el pequeño
ecosistema alrededor de los pasillos. En la parte interior estaba la ciudad en
la que vivíamos. Con un riachuelo circular que abarcaba todo el perímetro del
pasillo. Los pasillos tienen unos puentes en los que dejaba ver el fondo del
canal. En los pasillos había plantas por todos lados, unas plantas que se
podían comer.
Mientras paseábamos nos paramos a
mirar en el puente, con su pequeño ecosistema de cría natural de peces, que
abastecía a los que habitábamos en la ciudad. Observamos su fondo transparente
y notamos la tranquilidad del ambiente, recargándonos de energía positiva y
dándonos sensaciones de gozo, dicha, existencia y paz.
Este conducto era mágico pues
poseía un don que fue concedido por unas investigaciones científicas. Ese
estudio de la ionización de las partículas que entran en contacto con la piel
dio mucho que pensar. Dando en el clavo, las investigaciones de ionización para
crear la que rejuvenece por completo, era ahora la eternidad de cada uno de los
que habitábamos en el planeta. Cuando paseas por uno de los pasillos de gozo, el
aire climatizado energizante, absorbía las partículas negativas de los que
pasaban por el pasillo, para enarbolar la aventura de la existencia, acompañada
de la liberación de energías pesadas y cargando de positividad los cuerpos que
respiraban ese aire. Las energías creadas de algunos intranquilos o preocupados
por alguna imagen en las horas de trabajo, era desvanecida cuando paseaban por
los pasillos de gozo y aunque quieran volver a ver esa acción la olvidan y ven
la dicha de saber que son capaces de ayudar. Todos estaban muy tranquilos y se
ponían muy de acuerdo para que se liberen los miedos, quiten culpas y cargas
emocionales, para dejar atrás el pasado y para teleaportar la esencia de ese
aire que pasaba por máquinas acondicionadoras, climatizando el ambiente a la
temperatura perfecta y haciendo que los cuerpos flotaran de esa energía
ionizada, revitalizaba los cuerpos, la mente y el espíritu.
Cuando
estábamos dentro de los pasillos conectábamos con esa esencia que nos
particularizaba de los roles que adoptábamos, haciéndonos únicos con la esencia
de esos aparatos aerotérmicos. Conectados con todos los pasillos de gozo y con
todo el edificio central, mantenía a una temperatura constante y a una
adecuación de oxígeno. Un oxígeno producido por las plantas que con menos agua
y menos luz transformaban mayor cantidad de oxígeno en su fotosíntesis. En la
gran esfera central estaba la climatizadora de energía, que nos transformaba en
más sanos, cargándonos de dicha energía ionizada. Era la más potente y habían
plantas que necesitaban más calor en esa esfera central, por eso la temperatura
constante era de veinticuatro grados. En los pasillos se respiraba a veintidós
grados y se notaba el cambio de temperatura cuando pasábamos una de las
puertas.
Todos por igual en ese grupo, nos
mentalizábamos en la transformación sanadora de ese aire que respirábamos. En
el transcurso del paseo nos mirábamos cómplices.
- Un paseo
acogedor. – Dijo uno de nosotros. - Otro meteorito va a ser absorbido por el
Sol provocando un salto de fuego en él.
- Sí. Estaremos dos horas con el escudo. – Contestó
otro de los compañeros. - Tendremos que venir a pasera por los pasillos esta tarde. A mí esa
piedra no me va mucho. Su disolución va a ser lenta y dejará mucho residuo en
nuestra estrella.
- Pero si
es la mejor. ¡Nada de remilgos! Recuerda que esa roca nos aportará otra calidad
de luz durante unos días. – Mientras decía estas palabras otro de los
compañeros se activó el escudo de protección de los rayos del Sol.
- Dicen que
evocará una ola de luz azul. – Comentó otro compañero. - Centrada en el
horizonte y desde el amanecer nos dará nuevas sensaciones. Ahora que está el
escudo disfrutaremos de la penumbra. Veremos como está el Sol cuando se cierre.
- Estará
estupendo. Nos cargará de energía positiva y nos dará fuerzas durante varios
días. – Hablé mientras señalaba a la puerta.
- Tendremos
que usar gafas, como de costumbre. – Dijo uno de ellos mientras nos quedábamos
sin argumentos. - ¿Entramos ya al instituto?
Allí
pasábamos nuestro tiempo, nuestra aventura del día a día conectados a esos
cascos interdimensionales, que con una percepción astral nos teletransportaba a
otros planetas. Nuestras reacciones en grupo creaban conciencias, intercediendo
por los demás, por el bien de una ciencia cierta en un razonamiento coherente,
para darnos pie a dar oportunidades a esos grupos conscientes civilizados en la
dicha de ese gozo común que envolvía a las ciudades. Ese era nuestro juego,
interceder en los planetas menos favorecidos y ayudarles en esa creatividad
artística, en la satisfacción personal, en la seguridad propia, en la
honestidad y humildad, en la alegría y espontaneidad y en la diplomacia propia
del colectivo. Para eso estudiamos sociología muchos años y aprendimos a
comprender los núcleos sociales de otros planetas, con la antropología propia
del universo.
En los pasillos crecían plantas
preparadas para desarrollarse rápido, con poca agua y dando mucho oxígeno, que
eran bastante sabrosas. Eran una mezcla de lechuga gigante, con tallos como los
de la acelga muy dulces y agradables al paladar. Eran la más las productivas. Los arbustos que estaban pegados a los ríos daban frutos, unas variedades de
manzana muy tiernas, o una variedad de mangos muy dulces o unas vainas
parecidas a los plátanos que contenían unos frutos verdes, llenos de vitaminas.
Frutas que maduraban muy pronto y que recolectaban para poner en el almacén de
la ciudad. Las plantas consumían agua del rio o canal que rodeaba la ciudad. El
agua de los ríos, mezclada con el sinfín de peces, con algas azules y violetas
y un fondo transparente, nos alimentaba con todos los recursos que nos
dispensaba. Hacíamos ensaladas de algas y el agua era dulce pues fue filtrada de
sal hace mucho por unas turbinas preparadas a ese fin. Estuvieron funcionando
dos años y mientras construyeron otras mayores que filtraron durante seis más.
Ahora tenemos un filtro continuo, como en algunas peceras de las casas y
establecimientos. Peces de colores y aletas y colas enormes nadando por el agua
era una atracción muy divertida de ver. El pez más grande pesaría unos cuatro
kilos y habían siete especies distintas. No había depredadores pues todos
comían una planta que se reproducía lo suficiente para dar alimento. Tampoco
había depredadores en los montes, donde algunos gamos corretean y comen de esos
arbustos que podaban mientras se alimentan, y cada dos o tres días volvían y
los arbustos estaban casi igual pues no dejaban de crecer. Bebían de unos
manantiales que todavía discurrían por el subsuelo, pero pronto se secarán, es inevitable.
Una vez en
el instituto íbamos al aula a estudiar a esas personas que pueden cambiar el
mundo en el que habitan. Ahora que contemplamos el planeta Treskor, con tantos idiomas
iguales a los nuestros, con algunas guerras, algunos desenlaces misteriosos
entre países, con aventuras entre personas con final feliz, estábamos haciendo
lo posible por esa paz que necesitaba su colectivo global. Nos veíamos ocupados
en dejarlo mejor de lo que está. En el sentido propio de una civilización treskorniana
podíamos decir que son muy fuertes y grandes y tienen formas de nuestra
civilización como las pirámides. No sé cómo lo hemos conseguido ahora que hemos
estudiado su existencia, pues hemos logrado que cambie su futuro y en vez de
gastar combustibles fósiles, han descubierto el hidrógeno como principal gas
para su utilización.
En ese planeta poblarán entre los
más justos y aprovecharán los recursos, serán conscientes de los límites que
tiene el respeto y la tolerancia y lanzarán su vida hacia una plenitud
gratificante. Rectificarán y se lanzarán a sentirse como hermanos, a crear
espacios agradables y sostenibles. Viajarán a otros sitios o a otras galaxias a
pesar de que llevan poco tiempo en la vida universal. Tendrán suerte pues entre
ellos se quieren, van por la entrega y el favor incondicional, van a prestar y
ceder, y esa vez que se pelearon por primera vez en una gran guerra, rompió el
carisma de la supervivencia y se quedó en mil pedazos por todos y cada uno de
los rincones del planeta, haciendo que los conflictos se tornaran en soluciones
más apacibles, tal y como nos propusimos esas veces que intercedimos por ellos.
Nosotros tenemos la suerte de ser dotados de la luz azul y de haber pasado el
tiempo de otra manera. Ahora les toca encontrar el camino hacia una vertiente
más próxima a la tranquilidad de saber que tienen recursos energéticos más
sostenibles y que serán más aprovechados.
Después del aula en el instituto
y de unas horas en la biblioteca teníamos unas horas de ocio y nos íbamos a dar
una vuelta por los pasillos o íbamos a la tasca a tomar
una especie de refresco de hiervas que sabía a menta y hierba buena, dando una
combinación completa de minerales y refrescando el paladar. También teníamos un
licor de un fruto parecido a la grosella, dando un aguardiente suave y con
muchos matices.
Ocho horas
tardará en llegar una nave y estábamos deseosos de que llegase. Tuvo un
percance en la trayectoria por un asteroide y tardará un poco más en llegar,
aunque ahora ya solo le faltan ocho horas. Vimos el letrero luminoso justo
enfrente, al entrar en la sala de pasajeros. Vendrá un grupo de siete chicas y
compartiremos más momentos apacibles. Dos grupos de distintos sexos para formar
uno solo, preparados para abordar temas interesantísimos. Ellas tomaban el rol
de: una la inocencia, otra la creatividad propia de lo esencial, otra la
satisfacción, otra el amor hacia los demás, otra la dulzura, otra el
discernimiento en la sabiduría y otra la conexión con lo divino. Ellas tomaban
ese papel y nos hacían sentir puros y honestos, con la propia condición humana
que vemos ahora, pues podemos liberar a otros de su esclavitud y de la tiranía
gracias a nuestros conocimientos. Ahora solo quedaba, en las clases y ensayos,
reprogramar a esas civilizaciones y hacerlos cómplices de la buenaventura que
participa en colectivo, haciendo todo por todos, con menos castas y más
igualdad.
Ya
llevábamos tres sesiones con esos auriculares en el aula. Estábamos los catorce
y vimos que varios personajes importantes e influyentes en civilizaciones
lejanas, le dieron sentido a la unión y el respeto entre semejantes, sin
distinción de sexo, raza o edad. Esas nuevas generaciones que estaban a nuestro
cuidado, de todos y cada uno de los bastos universos, serán prueba de una
conducta mucho más sensata para los intereses comunes de crecimiento emocional,
que al fin y al cabo es lo que interesa.
La antena en el planeta Tierra, situada
por los montes más altos, conectada a unos satélites y con las vibraciones
propias de la expansión del universo, va llegando mucho más lejos de lo que
pudiéramos imaginar.
Cada vez
que conectábamos los catorce, transmitiendo a esos individuos que debían de
cambiar el mundo, el amor, el gozo, la dicha, la existencia y la paz necesaria,
la luz azul del Sol resplandecía con mucho énfasis y en esos amaneceres
especiales todos estábamos más conectados con la esencia que creó toda la vida
en el universo.
Luego
paseábamos por los pasillos, disfrutando de la esencia de ese aire y entrábamos
en los jardines, nos quitábamos los zapatos y caminábamos por la hierba o por
los senderos con césped, nos destendíamos dispersos en pareja y al hablar se notaba
la transparencia con la que el placer inundaba nuestro estómago y luego,
después de encontrar alguna fruta de entre los árboles, nos saciábamos para
llegar hasta la otra abertura del jardín donde volvíamos a calzarnos y
caminábamos por los pasillos llenos de vida.
Nos
reunimos para despedirnos y estábamos muy contentos. Ellas partirán otra vez
para Marte y luego irán hacia un satélite de Saturno para volver a la Tierra.
Pero para que vuelvan tendrá que pasar dos años pues en Titán pasarán la mayor
parte del tiempo en unas investigaciones que estudian la maldad de las personas
en un mundo de supervivencia, donde quieren hacer que el fuerte sirva al débil
sin necesidad de pedir nada a cambio, pues esas primeras civilizaciones que
emergen han de ser colectivas con una esencia menos salvaje. Hablamos de
humanos en otros planetas, de los bastos universos que empiezan a vivir como
nosotros hemos vivido, pero con otra idea de supervivencia, pues el instinto
desarrollado con la esencia de las buenas vibraciones les hace ser más
comunicativos, ya que la supervivencia depende del grupo mientras van creciendo
en sus planetas. Los elegidos están dispuestos a enseñar la tolerancia y el
respeto a los semejantes haciendo que la educación sea el punto de partida,
educando sin violencia y con sabiduría, para que la satisfacción de ver que son
capaces de ser espontáneos con la humildad de sus corazones les haga fuerte en
esa seguridad en sí mismos hacia el amor al prójimo.
Ellas
partirán por la mañana y disfrutarán del recuerdo de nosotros en el viaje hacia
Marte, por eso queríamos que mantuvieran esa sensación de paz que nos evocan
los pasillos y decidimos levantarnos de la mesa en la que cenamos y dar una
vuelta por ellos.
Entramos
por el pasillo principal y dimos unas vueltas en silencio. Cuando estábamos de
regreso una de ellas comentó:
- ¿Qué os
parece si vamos al aula y arreglamos un poco más algún planeta?
- Yo me
quedé con las ganas de enviar un mesías a uno de ellos. – Dijo el maestro de
nuestro grupo.
- No sería
mala idea. – Comentó la chica que tenía el rol de la inocencia.
- Para eso
tendremos que buscarlo bien. No puede ser cualquiera. – Dijo el que tenía el
rol de la diplomacia en las consultas.
- ¡Será
interesante! - Contesté mientras tomábamos rumbo al aula. – Ese planeta tendrá
el perdón de sus propias nociones, donde encarnará la creatividad colectiva con
la honestidad propia de los humildes de corazón.
Una vez en
el aula nos conectamos los cascos y miramos la pantalla. Apareció un montón de imágenes hasta que nos
concentramos y conectamos con la esencia de un planeta en la que había mucho caos. Entonces cada uno
cogió un personaje que estaba durmiendo y los condicionamos con ese poder de
perdón, con esa capacidad de perdonar a sí mismos y a los demás y se transfirió a todo el
colectivo, a toda la esencia que había en el planeta. Proyectamos un poco en el
futuro de esos seres y vimos que serán capaces de no pelearse y el chico y la
chica del grupo que tenían el rol de conectar con lo divino, los que conectaban
con la esencia del deseo de evolución, dejaron la semilla de las buenas
vibraciones en los corazones, en la mente y en el espíritu de esas almas que
significarán mucho para esa civilización, pues tomarán el papel de reyes en sus
tierras con el poder de la misericordia y la compasión hacia esos humanos que
viven para gozar y dar por sentado que la plenitud será de ellos en la forma más
divina que pudieran hacer, gracias al esfuerzo de nosotros, iluminando a esos
seres a un plano superior.
Ya era
tarde. Quedaban ocho horas para que despegase su vuelo según el letrero que
estaba enfrente de nosotros. No nos fuimos a dormir y paseamos por todos los
pasillos una vez más. Queríamos dejar la mejor noción en todo el grupo y nos
quedamos en silencio mientras paseábamos con esa sensación de haber nacido de
nuevo, con todo nuestro cuerpo en un estado de pureza y calma. Después de unas
horas y de llegar a la habitación de las comunicaciones, nos pusimos los cascos
y trazamos unas rutas para posibles conexiones en un futuro, estado ellas en
Titán y nosotros en el planeta Tierra.
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