viernes, 27 de diciembre de 2019

OCHO HORAS.


OCHO HORAS

            Paseábamos por las calles de la ciudad. Éramos un grupo de siete muchachos que discurríamos cada uno con su esencia. Mientras caminábamos permanecíamos en silencio hasta que brotara algún recuerdo y lo hacíamos consciente, para hacer que el grupo sea más grupo y así, compartir nuestras experiencias.
El planeta llevaba subsistiendo del hidrógeno durante muchos siglos y ahora no hay agua, pues propulsan cohetes hacia Marte, Júpiter u otra galaxia y el combustible es el hidrógeno. Descomponían el agua en oxígeno e hidrógeno y utilizábamos el gas en las cocinas, estufas y generadores de corriente eléctrica. Estábamos repletos de oxígeno y a pesar de eso, las plantas producían mucho más oxígeno del que pudiéramos respirar, así que los comprimían en envases para los viajes interestelares. Solo creían árboles cerca de los embalses y la lluvia era artificial. Hace mucho que no llueve.
Las naves vuelan rápido, con una propulsión producida por el hidrógeno. En su trayectoria hacen cálculos y ahorran combustible, pues encienden los motores varias veces para corregir la velocidad y ser impulsados. En los planetas de destino repostan, para volver después de estar dos o tres meses en algún rincón de la galaxia. Gastan mucho combustible para salir de los planetas, pero una vez en el espacio exterior, la ausencia de gravedad hace que con unas propulsiones de vez en cuando, impulsen la nave hasta su destino, y al alcanzar una velocidad apropiada entraban en una de las puertas estelares. Hay varias en nuestro Sistema Solar, con destinos lejanos, en otras galaxias o universos.
A veces se ven funcionar los trayectores de agua de Júpiter, unas placas que se encendían y teletransportaban agua desde el planeta. Así llevaban décadas y ya quedaba poca agua en nuestro Sistema Solar. Grandes empresas se lanzaron al universo en la aventura de conocer, y con el hidrógeno como combustible lograban llegar a sus destinos. Hay muchos que están a larga distancia en otros universos. Al no llover y quedar un pequeño mar a dispensas de ser descompuesto en oxígeno e hidrógeno teníamos mucha tierra por la que caminar, llena de sal en algunas zonas, donde crecían unas plantas que habían creado un ecosistema con unos pájaros que se alimentaban de sus constantes semillas.
            La ciudad es de unos treinta mil habitantes. Era la más grande de la región. Otros pueblos contaban con seiscientos u ochocientos habitantes. Cuando uno enfermaba lo mandaban a pasear por los pasillos de gozo durante unas horas y allí rejuvenecían. En los trayectos de pueblo a pueblo, al ser un ambiente tan árido y seco, al respirar, entraba en nuestro torrente sanguíneo algunas incómodas bacterias, que una vez hemos pasado por los pasillos se disuelven y desaparecen.
Los jóvenes estudiábamos en grupos de siete y experimentábamos cada uno un rol distinto. En nuestro grupo uno tenía el rol de la sabiduría, que recibía los consejos del que hacía de maestro que a su vez era medido por el que hacía de alegría en las expresiones. Los otros tres se repartían la diplomacia en las consultas, la conexión con lo sagrado y otro era la seguridad de ser valiente. Yo tengo el rol de perdonar mis actos y los actos de los demás. Esos roles los determinábamos para hacernos con el conocimiento universal y conectar con seres de otros planetas. Estos seres eran estudiados por todo el grupo, pues en el instituto conectamos con el momento preciso del aquí y ahora en las civilizaciones que andan por el universo, captando a personas que puedan cambiar su mundo. Con la tecnología que tenemos y el uso de los monitores era más fácil. Funcionaban con el pensamiento y te ponía la imagen del personaje que hemos de salvar, con la energía y el conocimiento preciso, y a la vez que proyectábamos la luz azul aparecía la solución a un problema determinante en la historia de esa civilización.
Los pasillos de gozo de la ciudadela eran unos conductos semicirculares de unos cuatro metros de alto por doce de ancho, con cristaleras, que rodeaban la ciudad en un círculo y con puertas repartidas coincidiendo con las calles de la ciudadela. Por la parte exterior daban a jardines llenos de plantas exóticas comestibles, arbustos frutales y unos pocos de bebederos de los animales que rondan por el pequeño ecosistema alrededor de los pasillos. En la parte interior estaba la ciudad en la que vivíamos. Con un riachuelo circular que abarcaba todo el perímetro del pasillo. Los pasillos tienen unos puentes en los que dejaba ver el fondo del canal. En los pasillos había plantas por todos lados, unas plantas que se podían comer.
Mientras paseábamos nos paramos a mirar en el puente, con su pequeño ecosistema de cría natural de peces, que abastecía a los que habitábamos en la ciudad. Observamos su fondo transparente y notamos la tranquilidad del ambiente, recargándonos de energía positiva y dándonos sensaciones de gozo, dicha, existencia y paz.
Este conducto era mágico pues poseía un don que fue concedido por unas investigaciones científicas. Ese estudio de la ionización de las partículas que entran en contacto con la piel dio mucho que pensar. Dando en el clavo, las investigaciones de ionización para crear la que rejuvenece por completo, era ahora la eternidad de cada uno de los que habitábamos en el planeta. Cuando paseas por uno de los pasillos de gozo, el aire climatizado energizante, absorbía las partículas negativas de los que pasaban por el pasillo, para enarbolar la aventura de la existencia, acompañada de la liberación de energías pesadas y cargando de positividad los cuerpos que respiraban ese aire. Las energías creadas de algunos intranquilos o preocupados por alguna imagen en las horas de trabajo, era desvanecida cuando paseaban por los pasillos de gozo y aunque quieran volver a ver esa acción la olvidan y ven la dicha de saber que son capaces de ayudar. Todos estaban muy tranquilos y se ponían muy de acuerdo para que se liberen los miedos, quiten culpas y cargas emocionales, para dejar atrás el pasado y para teleaportar la esencia de ese aire que pasaba por máquinas acondicionadoras, climatizando el ambiente a la temperatura perfecta y haciendo que los cuerpos flotaran de esa energía ionizada, revitalizaba los cuerpos, la mente y el espíritu.
            Cuando estábamos dentro de los pasillos conectábamos con esa esencia que nos particularizaba de los roles que adoptábamos, haciéndonos únicos con la esencia de esos aparatos aerotérmicos. Conectados con todos los pasillos de gozo y con todo el edificio central, mantenía a una temperatura constante y a una adecuación de oxígeno. Un oxígeno producido por las plantas que con menos agua y menos luz transformaban mayor cantidad de oxígeno en su fotosíntesis. En la gran esfera central estaba la climatizadora de energía, que nos transformaba en más sanos, cargándonos de dicha energía ionizada. Era la más potente y habían plantas que necesitaban más calor en esa esfera central, por eso la temperatura constante era de veinticuatro grados. En los pasillos se respiraba a veintidós grados y se notaba el cambio de temperatura cuando pasábamos una de las puertas.
Todos por igual en ese grupo, nos mentalizábamos en la transformación sanadora de ese aire que respirábamos. En el transcurso del paseo nos mirábamos cómplices.
            - Un paseo acogedor. – Dijo uno de nosotros. - Otro meteorito va a ser absorbido por el Sol provocando un salto de fuego en él.
            - Sí. Estaremos dos horas con el escudo. – Contestó otro de los compañeros. - Tendremos que venir a pasera  por los pasillos esta tarde. A mí esa piedra no me va mucho. Su disolución va a ser lenta y dejará mucho residuo en nuestra estrella.
            - Pero si es la mejor. ¡Nada de remilgos! Recuerda que esa roca nos aportará otra calidad de luz durante unos días. – Mientras decía estas palabras otro de los compañeros se activó el escudo de protección de los rayos del Sol.
            - Dicen que evocará una ola de luz azul. – Comentó otro compañero. - Centrada en el horizonte y desde el amanecer nos dará nuevas sensaciones. Ahora que está el escudo disfrutaremos de la penumbra. Veremos como está el Sol cuando se cierre.
            - Estará estupendo. Nos cargará de energía positiva y nos dará fuerzas durante varios días. – Hablé mientras señalaba a la puerta.
            - Tendremos que usar gafas, como de costumbre. – Dijo uno de ellos mientras nos quedábamos sin argumentos. - ¿Entramos ya al instituto?
            Allí pasábamos nuestro tiempo, nuestra aventura del día a día conectados a esos cascos interdimensionales, que con una percepción astral nos teletransportaba a otros planetas. Nuestras reacciones en grupo creaban conciencias, intercediendo por los demás, por el bien de una ciencia cierta en un razonamiento coherente, para darnos pie a dar oportunidades a esos grupos conscientes civilizados en la dicha de ese gozo común que envolvía a las ciudades. Ese era nuestro juego, interceder en los planetas menos favorecidos y ayudarles en esa creatividad artística, en la satisfacción personal, en la seguridad propia, en la honestidad y humildad, en la alegría y espontaneidad y en la diplomacia propia del colectivo. Para eso estudiamos sociología muchos años y aprendimos a comprender los núcleos sociales de otros planetas, con la antropología propia del universo.
En los pasillos crecían plantas preparadas para desarrollarse rápido, con poca agua y dando mucho oxígeno, que eran bastante sabrosas. Eran una mezcla de lechuga gigante, con tallos como los de la acelga muy dulces y agradables al paladar. Eran la más las productivas. Los arbustos que estaban pegados a los ríos daban frutos, unas variedades de manzana muy tiernas, o una variedad de mangos muy dulces o unas vainas parecidas a los plátanos que contenían unos frutos verdes, llenos de vitaminas. Frutas que maduraban muy pronto y que recolectaban para poner en el almacén de la ciudad. Las plantas consumían agua del rio o canal que rodeaba la ciudad. El agua de los ríos, mezclada con el sinfín de peces, con algas azules y violetas y un fondo transparente, nos alimentaba con todos los recursos que nos dispensaba. Hacíamos ensaladas de algas y el agua era dulce pues fue filtrada de sal hace mucho por unas turbinas preparadas a ese fin. Estuvieron funcionando dos años y mientras construyeron otras mayores que filtraron durante seis más. Ahora tenemos un filtro continuo, como en algunas peceras de las casas y establecimientos. Peces de colores y aletas y colas enormes nadando por el agua era una atracción muy divertida de ver. El pez más grande pesaría unos cuatro kilos y habían siete especies distintas. No había depredadores pues todos comían una planta que se reproducía lo suficiente para dar alimento. Tampoco había depredadores en los montes, donde algunos gamos corretean y comen de esos arbustos que podaban mientras se alimentan, y cada dos o tres días volvían y los arbustos estaban casi igual pues no dejaban de crecer. Bebían de unos manantiales que todavía discurrían por el subsuelo, pero pronto se secarán, es inevitable.
            Una vez en el instituto íbamos al aula a estudiar a esas personas que pueden cambiar el mundo en el que habitan. Ahora que contemplamos el planeta Treskor, con tantos idiomas iguales a los nuestros, con algunas guerras, algunos desenlaces misteriosos entre países, con aventuras entre personas con final feliz, estábamos haciendo lo posible por esa paz que necesitaba su colectivo global. Nos veíamos ocupados en dejarlo mejor de lo que está. En el sentido propio de una civilización treskorniana podíamos decir que son muy fuertes y grandes y tienen formas de nuestra civilización como las pirámides. No sé cómo lo hemos conseguido ahora que hemos estudiado su existencia, pues hemos logrado que cambie su futuro y en vez de gastar combustibles fósiles, han descubierto el hidrógeno como principal gas para su utilización.
En ese planeta poblarán entre los más justos y aprovecharán los recursos, serán conscientes de los límites que tiene el respeto y la tolerancia y lanzarán su vida hacia una plenitud gratificante. Rectificarán y se lanzarán a sentirse como hermanos, a crear espacios agradables y sostenibles. Viajarán a otros sitios o a otras galaxias a pesar de que llevan poco tiempo en la vida universal. Tendrán suerte pues entre ellos se quieren, van por la entrega y el favor incondicional, van a prestar y ceder, y esa vez que se pelearon por primera vez en una gran guerra, rompió el carisma de la supervivencia y se quedó en mil pedazos por todos y cada uno de los rincones del planeta, haciendo que los conflictos se tornaran en soluciones más apacibles, tal y como nos propusimos esas veces que intercedimos por ellos. Nosotros tenemos la suerte de ser dotados de la luz azul y de haber pasado el tiempo de otra manera. Ahora les toca encontrar el camino hacia una vertiente más próxima a la tranquilidad de saber que tienen recursos energéticos más sostenibles y que serán más aprovechados.
Después del aula en el instituto y de unas horas en la biblioteca teníamos unas horas de ocio y nos íbamos a dar una vuelta por los pasillos o íbamos a la tasca a tomar una especie de refresco de hiervas que sabía a menta y hierba buena, dando una combinación completa de minerales y refrescando el paladar. También teníamos un licor de un fruto parecido a la grosella, dando un aguardiente suave y con muchos matices.
            Ocho horas tardará en llegar una nave y estábamos deseosos de que llegase. Tuvo un percance en la trayectoria por un asteroide y tardará un poco más en llegar, aunque ahora ya solo le faltan ocho horas. Vimos el letrero luminoso justo enfrente, al entrar en la sala de pasajeros. Vendrá un grupo de siete chicas y compartiremos más momentos apacibles. Dos grupos de distintos sexos para formar uno solo, preparados para abordar temas interesantísimos. Ellas tomaban el rol de: una la inocencia, otra la creatividad propia de lo esencial, otra la satisfacción, otra el amor hacia los demás, otra la dulzura, otra el discernimiento en la sabiduría y otra la conexión con lo divino. Ellas tomaban ese papel y nos hacían sentir puros y honestos, con la propia condición humana que vemos ahora, pues podemos liberar a otros de su esclavitud y de la tiranía gracias a nuestros conocimientos. Ahora solo quedaba, en las clases y ensayos, reprogramar a esas civilizaciones y hacerlos cómplices de la buenaventura que participa en colectivo, haciendo todo por todos, con menos castas y más igualdad.
            Ya llevábamos tres sesiones con esos auriculares en el aula. Estábamos los catorce y vimos que varios personajes importantes e influyentes en civilizaciones lejanas, le dieron sentido a la unión y el respeto entre semejantes, sin distinción de sexo, raza o edad. Esas nuevas generaciones que estaban a nuestro cuidado, de todos y cada uno de los bastos universos, serán prueba de una conducta mucho más sensata para los intereses comunes de crecimiento emocional, que al fin y al cabo es lo que interesa.
La antena en el planeta Tierra, situada por los montes más altos, conectada a unos satélites y con las vibraciones propias de la expansión del universo, va llegando mucho más lejos de lo que pudiéramos imaginar.
            Cada vez que conectábamos los catorce, transmitiendo a esos individuos que debían de cambiar el mundo, el amor, el gozo, la dicha, la existencia y la paz necesaria, la luz azul del Sol resplandecía con mucho énfasis y en esos amaneceres especiales todos estábamos más conectados con la esencia que creó toda la vida en el universo.
            Luego paseábamos por los pasillos, disfrutando de la esencia de ese aire y entrábamos en los jardines, nos quitábamos los zapatos y caminábamos por la hierba o por los senderos con césped, nos destendíamos dispersos en pareja y al hablar se notaba la transparencia con la que el placer inundaba nuestro estómago y luego, después de encontrar alguna fruta de entre los árboles, nos saciábamos para llegar hasta la otra abertura del jardín donde volvíamos a calzarnos y caminábamos por los pasillos llenos de vida.
            Nos reunimos para despedirnos y estábamos muy contentos. Ellas partirán otra vez para Marte y luego irán hacia un satélite de Saturno para volver a la Tierra. Pero para que vuelvan tendrá que pasar dos años pues en Titán pasarán la mayor parte del tiempo en unas investigaciones que estudian la maldad de las personas en un mundo de supervivencia, donde quieren hacer que el fuerte sirva al débil sin necesidad de pedir nada a cambio, pues esas primeras civilizaciones que emergen han de ser colectivas con una esencia menos salvaje. Hablamos de humanos en otros planetas, de los bastos universos que empiezan a vivir como nosotros hemos vivido, pero con otra idea de supervivencia, pues el instinto desarrollado con la esencia de las buenas vibraciones les hace ser más comunicativos, ya que la supervivencia depende del grupo mientras van creciendo en sus planetas. Los elegidos están dispuestos a enseñar la tolerancia y el respeto a los semejantes haciendo que la educación sea el punto de partida, educando sin violencia y con sabiduría, para que la satisfacción de ver que son capaces de ser espontáneos con la humildad de sus corazones les haga fuerte en esa seguridad en sí mismos hacia el amor al prójimo.
            Ellas partirán por la mañana y disfrutarán del recuerdo de nosotros en el viaje hacia Marte, por eso queríamos que mantuvieran esa sensación de paz que nos evocan los pasillos y decidimos levantarnos de la mesa en la que cenamos y dar una vuelta por ellos.
            Entramos por el pasillo principal y dimos unas vueltas en silencio. Cuando estábamos de regreso una de ellas comentó:
            - ¿Qué os parece si vamos al aula y arreglamos un poco más algún planeta?
            - Yo me quedé con las ganas de enviar un mesías a uno de ellos. – Dijo el maestro de nuestro grupo.
            - No sería mala idea. – Comentó la chica que tenía el rol de la inocencia.
            - Para eso tendremos que buscarlo bien. No puede ser cualquiera. – Dijo el que tenía el rol de la diplomacia en las consultas.
            - ¡Será interesante! - Contesté mientras tomábamos rumbo al aula. – Ese planeta tendrá el perdón de sus propias nociones, donde encarnará la creatividad colectiva con la honestidad propia de los humildes de corazón.
            Una vez en el aula nos conectamos los cascos y miramos la pantalla. Apareció un montón de imágenes hasta que nos concentramos y conectamos con la esencia de un planeta en la que había mucho caos. Entonces cada uno cogió un personaje que estaba durmiendo y los condicionamos con ese poder de perdón, con esa capacidad de perdonar a sí mismos  y a los demás y se transfirió a todo el colectivo, a toda la esencia que había en el planeta. Proyectamos un poco en el futuro de esos seres y vimos que serán capaces de no pelearse y el chico y la chica del grupo que tenían el rol de conectar con lo divino, los que conectaban con la esencia del deseo de evolución, dejaron la semilla de las buenas vibraciones en los corazones, en la mente y en el espíritu de esas almas que significarán mucho para esa civilización, pues tomarán el papel de reyes en sus tierras con el poder de la misericordia y la compasión hacia esos humanos que viven para gozar y dar por sentado que la plenitud será de ellos en la forma más divina que pudieran hacer, gracias al esfuerzo de nosotros, iluminando a esos seres a un plano superior.
            Ya era tarde. Quedaban ocho horas para que despegase su vuelo según el letrero que estaba enfrente de nosotros. No nos fuimos a dormir y paseamos por todos los pasillos una vez más. Queríamos dejar la mejor noción en todo el grupo y nos quedamos en silencio mientras paseábamos con esa sensación de haber nacido de nuevo, con todo nuestro cuerpo en un estado de pureza y calma. Después de unas horas y de llegar a la habitación de las comunicaciones, nos pusimos los cascos y trazamos unas rutas para posibles conexiones en un futuro, estado ellas en Titán y nosotros en el planeta Tierra.


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