La
imparable constancia de los sueños nos lleva a conocer el silencio,
pues después de arrebatar a la vida todos los encantos propios del
poder decir las cosas, y de apegarte a la tierra sin conocer siquiera
el movimiento de sus entrañas, ni tan siquiera conocer el límite
que habita entre el hilo de la espiritualidad y las plantas de los
pies pegadas a la tierra, con las manos tocando el suelo y sintiendo
las palmas de las manos pegadas a la vida y a la divinidad, una en
cada mano, y haciendo de los límites perdidos en la consciencia que
recuerda un hábitat en el que somos constantes devaneo de
incertidumbres por la actividad que ejercen en el encéfalo al mirar
más allá de la propia nariz y condensar el hilo convertido en
cometa de la conexión propia del aire que condensa tu propia esencia
en la sutilidad del mapa que creó las propias estrellas que ahora
miramos y no sabemos si ese arquitecto que forjó el silencio, diera
mas certeza en a constancia que perpetramos en una consciencia
inferior, mirada desde lo mas alto y viendo el reflejo de tu límite
al no poner tus abismos en destierro de la propia esencia que nos
envuelve entre las ropas y las propias ropas que nos atan a la vida,
para dar por hecho que entre los momentos que somos capaces de elegir
por donde ir para saber que encontramos soluciones para todo,
alrededor de la vida que nos depara el mejor de los viajes hacia ese
abismo que queremos cerca a veces, cuando entre los recovecos de la
constancia que reflejamos en cada vez que nos acercamos y miramos más
allá de ese propio espejo, al mirar por encima del hombro y ver que
no era acertado, que la ventana que da a ese reflejo vemos distanciar
una luz, a la vez que nos preguntamos que será, y sin luces en el
pasillo ese reflejo del espejo en la ventana, hizo entender que la
luz que sin querer surcó los cielos era un meteoro verde que se
estrelló en la atmósfera justo en el momento adecuado para verlo y
disfrutarlo, con la propia sensación de ver que ese abismo que se
había construido era la sensación de la Tierra que se dividiera en
pedazos y quedaran separados, unos de los otros, los cimientos que
sujetan la global armonía del planeta Tierra.
Esa
sensación que se nos queda cuando cruzamos nuestro abismo, cuando
cruzamos nuestros problemas y nos vemos en la misma encrucijada que
resolvemos con la alegría digna de cualquier momento, en esa
sensación quedaría bien añadir el antes y el después, para que en
ese ahora tengamos una historia que contar y es en ese abismo, cuando
decidimos afrontar la realidad que sumergida en un pozo de fantasías,
del que surgieran un montón de nuevos sueños hechos realidad, en
los que apoderándonos de las riendas, desbocados o no, nos llevan
hacia esa aventura que por empeño y deseo, nos hace entender que hay
momentos en el abismo que perpetra hacernos reír ya que esa
inmensidad la conocemos y nos produce la satisfacción de ver que es
posible entender la vida con los regalos de los momentos que nos
pertenecen y cualquier caricia de los rayos del Sol nos hace
sentirnos dignos de vivir y sonreír, ya que un abismo es solo un
lugar en el que imaginamos y nos damos por vencidos al tratar de
cruzar al otro lado, sin saber que es posible caminar entre las
sombras con una luz, con la propia luz nacida de la esencia que nos
desvela que somos capaces de ver por donde subir y por donde salir de
ese encontronazo con el abismo que separa humanidades. En las idas y
venidas que hacemos continuamente por esos abismos, no nos damos
cuenta y pasamos la mayor parte del tiempo viendo en nosotros mismos,
sin darnos cuenta, pues el que está enfrente tiene todo lo que hace
falta para entender, para saltar y afrontar una situación en la que
el impulso de querer aferrarte a la cotidianidad y ver qué es
posible cambiar teniendo todo en su sitio, hace que en una
introspección veamos el resultado, y si, variamos poco en esas
rutinas que nos embeben, aunque ahora podemos, al cruzar el abismo,
hacer que ese sueño que queríamos y que esa alegría que
necesitamos solo sea eso, el placer de reír por todo lo que en ese
abismos encuentras, sabiendo que moverte entre las sombras que en él
habitan, quedarán mejor o peor situados dentro de tus propios
abismos cuando el temor de la hipocresía desaparece y lo quitamos de
nuestro vocabulario, para hacer posible el entendimiento entre
semejantes que han dado lo mejor de si para que en ese momento solo
sea el placer de amar a la alegría lo que inunde ese irremediable
abismo en el que tendremos que afrontar nuestras debilidades para
hacernos fuerte.
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