En la
inmensidad del universo encontramos algo parecido a la vida, pero
aquí, vivimos para contar con cada uno que se asemeja a la condición
de amigo, de compañero o de familiar, incluso de conocido, para
poder hacer posible el encuentro diario de los retales de la
consciencia que nos evoca pasar un poco inadvertidos por la
constancia de cada proceso en el que evolucionamos como personas. En
lo más recóndito del universo podemos recrear a nuestra imagen y
semejanza cada parte de nosotros mismo o de lo que imaginamos, pues
entre los que hacen posible un sueño y los que de verdad nos
importa, preferimos dar una mano, tender un brazo o apoyar en un
hombro, pues entre semejantes nos diferencian muchas cosas pero nos
hacen parecer algo más que un simple concepto en la inmensidad, pues
es preferible imaginar aquí y ahora que simplificarnos con
condicionantes que nos dan o nos prestan, ya que tentar a la suerte
sería solo el principio y dar por sentado que cada uno de los
preceptos que nos difieren a la hora de conceptuar es parte de una
idea que ha surgido de una establecida condición. Esa forma de ver
que hay en cada uno cuando hacemos la pantomima de que algo nos
gusta, o cuando miramos alrededor y vemos que entre los que han de
ser dignos de confianza, el término medio es saber que
verdaderamente estamos dando el parecido a lo que nos gusta a
nosotros, sin pararnos a pensar hasta que damos en la igualdad de
gustos y parecidos, ya que hemos de centrarnos en tratar cada vez que
nos ponemos de acuerdo en algo que verdaderamente valga la pena,
mientras pasan los días y ves qué hay entre lo que quieres oír y
lo que escuchas. Cada vez que esa inercia que nos acompasa entre un
paso y otro y la voz que nos comenta en silencio una melodía que
enreda tus pensamientos, para ser un vivo retrato de la alegría que
en esa vuelta encuentras, cuando le das la mano a la paciencia y te
sientas para respirar, y hacer del momento, único y especial
encuentro con ese pequeño instante en el que hacemos posible la
tranquilidad que nos regala la tarde y del placer que nos evoca el
sentirnos cómodos, para dar y ser lo mejor que nos pudiéramos
regalar en cualquier momento. Para esa inercia, el regocijo de ver en
cada vez que nos levantamos de un simple momento, el gozo de ver que
si, que verdaderamente eres capaz de levantarte por ti mismo, por tus
propios medios, para saber cuando hay que actuar y cuando hay que
decidir, para seguir actuando. Cada vez que nos hacemos mejores
delante de tus propios consejos, ves que aprendes de lo que tienes
alrededor, personas, hechos y palabras que forjaron una digna manera
de hacer posible un encuentro con tus propios recuerdos que hicieron
posible una vez más, el encuentro con los pasos del tiempo que te
llevaron lejos, pero cerca de ti en tu propia gravedad, dada por la
maestría que desvela tus actos y tu consciencia espiritual, para
llegar hacia esa divinidad que llaman presente, pues es de agradecer
que quienes están entre tus momentos en los que aprendiste, ahora
sabrás qué herramientas has de utilizar en cada vez que haga falta
sacar el ingenio y la creatividad y ver hasta donde llegan tus
comentarios y hasta donde llegan tus aciertos, pues veces, antes de
actuar y sentirnos útiles por el mero hecho de participar, el juego
en el que el acertijo da por sentado que sigue la senda del encuentro
mágico con los carteles pegados a los árboles que hay en el mapa
que vemos y seguimos para llegar lejos entre los que parecen que
están cerca, ya que cada vez que nos acercamos a alguien, se aleja
por la misma forma en la que prefieren estar en su espacio y no en
comunión con algo que no te aporte, pues estar con alguien es estar
para seguir haciendo lo que has ido a hacer, pues es preferible
seguir siendo el mismo que quieres ser y del cual te has dado cuenta
que tienes que cambiar, que tienes que fijar otras expectativas y
mirar a otro horizonte y sacar el pecho y saltar hacia lo alto, para
que encontremos un lugar en el que solo hacemos posible aprender de
la vida y de aquellos que nos dieron un empujón para cambiar, y del
que aprendimos que hay que seguir para llegar lejos y fomentar esos
valores que preferimos mantener ante la singularidad de los demás
inadaptados, esos que aportan agresividad y fanatismo hacia quienes
son los que semejantes o no, vivimos en un mundo en el que el valor a
respetar nos hace dignos, el valor de no juzgar nos hace dichosos, el
valor de sonreír nos hace alegres y el valor de la razón nos hace
personas para que compartamos ejemplos y nos demos cuenta de las
ventajas que han de fijarse en una naturalidad y sentido propio que
le ofrecemos al instante en el que actuamos para hacer posible ese
entendimiento pues siempre hay algo mejor que hacer, aportar y sobre
todo intercambiar cuando sin querer nos damos cuenta de que perdemos
un poco de interés por la situación y veces perdemos la esperanza
de entender por qué las personas que nos rodean son como son y no
como queremos, ya que el esfuerzo en querer lo que queramos de los
demás es imposible ademas de incierto aunque cuando lo tenemos nos
hacemos dichosos de compartir un poco de tiempo mientras el susurro
de la vida nos nos desvela que hay mucha cosas por las que luchar
cada vez que asumimos un riesgo.
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